Opinión

El gran negocio de un fármaco clave para sobrevivir

El descubridor de la insulina se negó a poner su nombre en la patente porque entendía que era un fármaco que pertenecía alos diabéticos. Cien años  después queda claro que no lo hace
Un doctor manejando una jeringuilla
photo_camera Un doctor manejando una jeringuilla

Esta semana la principal productora y comercializadora de insulina, la compañía farmacéutica Eli Lilly and Company, ha sufrido considerables pérdidas. Sus acciones bajaron en picado el pasado día 11, algo que numerosas fuentes atribuyeron al hecho de que ese mismo día una cuenta de Twitter, en apariencia oficial de la empresa, anunciara que la insulina pasaba a ser gratis.

La noticia ha recibido una amplísima cobertura por lo que significaba para Twitter bajo la propiedad de Elon Musk. En resumen: Musk decidió que las cuentas verificadas (aquellas en las que hasta entonces Twitter comprobaba que el titular era quien decía ser y que suponía una especie de sello de autenticidad) pasaran a obtenerse simplemente previo pago de 8 dólares, alguien abonó ese importe para crear una en nombre de Lilly y anunció que la insulina sería gratuita. El ‘troleo’ fue generalizado. Lo mismo le ocurrió a Nestlé, donde desde una cuenta falsa pero verificada, se declaró: "Te robamos el agua para después vendértela"; a CocaCola: "La Pepsi sabe mejor" o a Tesla: "Un segundo Tesla ha impactado contra el World Trade Center".

Sin embargo, lo ocurrido con Lilly tiene interés desde el punto de vista sanitario y al margen de la situación de Twitter. Hay una razón por la que la compañía farmacéutica se ha visto tan afectada por un ‘troleo’ como ese, que para el resto de empresas ha tenido consecuencias de reputación, quizás, pero no económicas directas.El motivo es el disparatado precio de la insulina en Estados Unidos, que se ha triplicado en la última década. En 2016 el precio medio por mes que debía pagar un diabético insulinodependiente era de 450 dólares y, desde entonces, uno de cada cuatro pacientes se saltan dosis o se administran una reducida. Las consecuencias en salud de un comportamiento así son fatales.

Antes del descubrimiento de la insulina, el único tratamiento que se aplicaba era el de la dieta. Se trataba de dietas draconianas, que en muchísimos casos condenaban al paciente a supeditar la supervivencia a la desnutrición. Hay que tener en cuenta que muchos de esos enfermos a los que se prescribían dietas incluso de tan solo 200 calorías, eran niños. En cierta manera se les mataba de hambre para evitar que murieran.

En 1923 Frederick Banting descubrió la insulina y se negó a poner su nombre en la patente. No le parecía ético que un médico fuera a ganar dinero a costa de un fármaco imprescindible para la supervivencia de tantos pacientes. Finalmente, esa patente fue vendida por los codescubridores de la sustancia, Charles Best y James Collip, por solo un dólar a la Universidad de Toronto para que cualquiera pudiera beneficiarse de un avance que cambió la vida de millones de personas, antes condenadas a una muerte segura.

Nada de lo que ellos deseaban se convirtió en realidad, al menos en Estados Unidos. Allí la situación es muy diferente a la española, ya que solo uno de sus estados se está planteando poner un límite máximo al precio de la insulina. En el resto, se tiende a recetar la última insulina que sale al mercado, versiones mejoradas del fármaco, objeto de nuevas patentes. Se llevan haciendo patentes actualizadas de un medicamento con el mismo objtetivo cien años y, es más, la evidencia no es concluyente. Parece que esos novísimos tipos de insulina pueden ser beneficiosos para los diabéticos de tipo 1 pero no tanto para los de tipo 2, que es el tipo de diabetes relacionada con la obesidad y el sedentarismo y, por tanto, la que tiene una tendencia creciente.

En España la insulina es un medicamento considerado de aportación reducida, que son aquellos en los que, por tanto, el paciente paga el 10% del precio de venta al público con un máximo de algo más de 4 euros. Esto ocurre en todas las comunidades, pero sí hay diferencias en otros materiales de uso común para un diabético, como las lancetas (instrumento utilizado para extraer sangre capilar y hacer el control de glucosa) o las tiras reactivas.

En algunas comunidades, y a veces en función de la zona, estas se entregan gratuitamente al paciente en su centro de salud. En otros casos se recetan para recogerlas en la farmacia y, en ese caso, sí deben abonar la parte correspondiente, que suele ser baja. También puede haber diferencias entre pacientes. Mientras que a los diabéticos insulinodependientes sí se les administran las tiras reactivas, los que reciben tratamiento oral se quejan de no recibirlas y que así no pueden hacer un autocontrol de la glucosa.