Opinión

Tiempos desquiciados

Desde que Shakespeare escribió ‘La tragedia de Hamlet, príncipe de Dinamarca’ han pasado más de cuatrocientos años. Sin embargo, al escuchar al atormentado protagonista decir: «¡Los tiempos están desquiciados, maldita suerte haber nacido yo para enderezarlos!», los espectadores tenemos la sensación de asistir a un lamento propio de nuestros días. Cuanto sucedía en aquella corte de Dinamarca debiera servir de ejemplo a esas bancadas de políticos vociferantes que parecen, como Hamlet, estar pidiendo venganza contra los hilos del destino, guiados por la voluntad de un rey fantasma, asesinado por su propio hermano. Sí, ya sé que nuestros líderes no leen a los clásicos ni tienen tiempo de ir al teatro. También sé que el PP, envenenado por su pariente Vox, mantiene el sueño de mover los hilos del destino contra el Gobierno de España desde los reinos autonómicos. Con todo, si Hamlet-Feijóo sostiene el rumbo con el que ha llegado a esta semana de pasión católica, me temo que el trágico final del drama acabe reflejado en el escenario de su representación tras las elecciones en Cataluña, Euskadi y Europa.

Los tiempos políticos están desquiciados, es cierto, pero no lo es menos que las estrategias de las dos derechas, tanto en las Cortes Generales como en la calle y en Europa, son las principales incitadoras. Aunque, por fortuna, la ciudadanía se mantiene plácidamente sentada en el patio de butacas contemplando la farsa. El pueblo, desde los tiempos de la Grecia clásica, sí acude al teatro y sabe diferenciar entre el espectáculo y la realidad. Verdaderamente Hamlet, en su desatino y afán de venganza, arrastra a traidores e inocentes al infortunio creyendo haber nacido para ‘enderezarlo’. En el último acto todos los personajes caen envenenados, ahogados o víctimas de puñales y de espadas emponzoñadas. Al bajar el telón, el público siempre aplaude satisfecho aguardando por una nueva función menos sangrienta y más constructiva.

Es cierto, los tiempos están desquiciados y seguiremos en ello así que aumente el fragor de las próximas batallas electorales y se conformen los parlamentos autonómicos, incluido el de Galicia. Por fortuna para nosotros, en él no se sienta Vox y DO es un cero absoluto. Aun así, el presidente, Miguel Santalices, a quien tengo por una excelente persona y un político ecuánime, me confesó y luego se lo escuché decir en la radio, su temor a la contaminación del desquicie en los escaños de la oposición gallega. Ateniéndonos a la historia, se equivoca. El Parlamento de Galicia sólo rabió cuando el PP estuvo en barbecho, durante la presidencia de Emilio Pérez Touriño. Es fácil recordar aquel noviembre de 2005 donde unos 200 cargos del PP, alcaldes, concejales, senadores…, trataron de asaltar la cámara y los diputados conservadores abandonaron sus escaños para sentarse en la tribuna de invitados. Entonces Feijóo actuaba de portavoz adjunto. Es sólo un ejemplo de aquella  larga escandalera parlamentaria contra el gobierno bipartito.

Por tanto, en el Parlamento gallego se mantendrá la tranquilidad si Horacio-Rueda, buen amigo de Hamlet-Feijóo, no se une al empeño de confrontar las autonomías contra el Estado. Y el desquicie general amainaría si el líder del PP fuera capaz de apartar de sí el veneno de Claudio-Abascal, desobedecer al fantasma del difunto Rey-Aznar, no auxiliar a Ofelia-Ayuso mientras se ahoga en el río familiar, destituir a Polonio-MAR y sosegar a Laertes-Tellado… Quien quiera entender que entienda. Cuatro siglos después de Shakespeare, el espíritu de Hamlet está presente entre nosotros.

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