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Sopa de siglas

Habían venido a cambiar el país. Les correspondía en puridad porque a cada tres o cuatro generaciones el panorama debe ser renovado para que no sucumba en la rutina. Y si ya sabemos que la Tierra viaja alrededor del Sol a 107.280 kilómetros por hora, describiendo una elipse casi perfecta de 930 millones de kilómetros, no parece oportuno perder ni un minuto en el seno de la rutina cotidiana. La velocidad pide velocidad. Así podríamos justificar las prisas y premuras de esta nueva generación a la que correspondía poner a los partidos, las elecciones y a toda la vida pública patas arriba. De este modo nos sacarían del sopor del hábito viejo. Sin embargo —¡qué paradoja!— desde su irrupción han chocado una y otra vez con las piedras de la torpeza política y del inmovilismo.

El último capítulo andaluz ha entristecido y desazonado a Pablo Iglesias Turrión, (dixit), uno de los principales artífices a quienes correspondía ejecutar la transformación sin rendirse. Y con él nos hemos apesadumbrado la gente de izquierdas. Aquellos que aún creemos en el progreso de la sociedad por encima de los intereses individuales de unos pocos. En Andalucía nada menos que seis partidos, nacidos a la izquierda del PSOE, decidieron ponerse de acuerdo a la velocidad de la luz para aunar esfuerzos por la transformación. Una curiosa sopa de siglas basada en la alta filosofía de que un grano no hace granero, pero ayuda al compañero. Sin embargo, con tanto correr tropezaron y llegaron tarde para inscribir en la contienda al garbanzo negro de Podemos.

Duele que la nueva gente joven de izquierdas acabe cayendo en el puchero del gregarismo tradicional. Desconocemos los postulados, las ideas y los programas de esas cinco diminutas organizaciones andaluzas, pero hemos alcanzado el conocimiento de su incapacidad para aunar impulsos y esfuerzos. Las arduas y oscuras negociaciones no han diferido un ápice de las de sus mayores. Disputas por la cabeza de cartel, como si de ello dependiera el triunfo de un aglomerado minoritario. El canibalismo del poder subiendo a escena. La posición en las listas de los pocos nombres que alcanzarán escaños. El reparto de los ingresos económicos por votos y representantes… De este modo, POR ANDALUCÍA se ha situado a codazos en la salida para ser la cola en la meta. Llegará con el mérito de restar votos a la izquierda mayoritaria. Y, además, es posible que hayan dinamitado el lento proyecto de Yolanda Díaz, por lo que se ha visto, no exento de divino personalismo.

Si nos atenemos a la experiencia, sin salir de Galicia, la fórmula de la sopa de siglas apenas ha funcionado. Miremos hacia el cercano ensayo municipal y parlamentario de las Mareas, Compostela Aberta, Lugo Novo… fueron incapaces de crearse identidades de gestión coherentes. Los personalismos pudieron más que las ideas y acabaron rezando el rosario de la aurora. O alejémonos hasta la experiencia de Abel Caballero como candidato a la presidencia de la Xunta en 1997, reunió tal amasijo de siglas, desde los comunistas hasta los verdes, sin un programa contundente, que el electorado de izquierdas sensato le dio la espalda condenando, por primera vez en la historia autonómica, al PSdeG a tercera fuerza en el Parlamento gallego.

El tropiezo andaluz no es un fenómeno de izquierdas como se viene diciendo estos días. Es producto de la falta de reflexión, de ideas y de los nuevos personalismos de unas generaciones convencidas de estar inventando el curso del mundo sin percatarse de la velocidad a la que circulamos por el Universo.  

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