Opinión

La prostitución, a debate

En mi ciudad de origen existió una mancebía regentada por la Fune, hija del dueño de la funeraria. Los términos suenan añejos y a copla pasada de moda, pero son reales y a mí me dieron pie para escribir una novela corta publicada en mi libro ‘Misterios gozosos’ (Icaria Editorial). «Historias de curas y putas en tiempos de Franco», dijo un crítico entre aplausos. No fue esa mi única incursión en la literatura sobre la prostitución. Después de realizarle varias entrevistas radiofónicas a la mítica Karina Falagan, y de conocer la epopeya de Lola, histórica prostituta/madame muerta millonaria y miserable en A Coruña, escribí la novela ‘Espérame’ (Xerais) inspirada en sus vidas. Sin proponérmelo cultivé la misma memoria del putaísmo que nos llegó envuelta en papel de literatura, teatro y cine castizo, escasamente crítica contra una suma de realidades penosas y hasta trágicas. Una autora de la categoría de Marguerite Yourcenar dejó escrito: «La prostitución puede ser un arte como el masaje o el peinado». Las citas son infinitas, pero también lo son las imágenes distorsionadas que sustentan muchos errores presentes. 

Tras leer mis novelas, dos universitarias vinieron a entrevistarme y me revelaron la existencia de un movimiento de puterío en el seno universitario, me hablaron de los motivos económicos, de las razones intelectuales, de las voluntades propias y de las inducidas por madamas y puteros. Me impresionó y me quedó el gusanillo de construir otra historia ‘más evolucionada’ que las dos anteriores. No lo he hecho, sin embargo cada vez que el debate sobre la prostitución sale a la palestra política vuelvo la mirada hacia las personas que caen obligadas o deciden vivir en sus redes. Y en paralelo observo los posicionamientos políticos e intelectuales que hablan por ellas.

Esta semana el PSOE ha vuelto a poner el debate en la diana legislativa. En 2023 quedó atascado en el barrizal parlamentario mientras la prostitución mantiene un gran negocio: alegal para algunos, trágico para muchas personas y resolutivo para las menos. En junio de 2021 el Tribunal Supremo reconoció a las ‘trabajadoras sexuales’ el derecho a sindicarse con lo cual les otorgó la garantía de disponer libremente de su cuerpo para ganarse la vida. Desde entonces, siguiendo otros ejemplos europeos, se han alzado voces de prostitutas valientes pidiendo ser escuchadas y tenidas en cuenta a la hora de legislar sobre sus realidades. No obstante la palabrería ideológica y mediática tiene la vez y ahí andan enredando entre abolición, prohibición o regulación a la espera de un espíritu santo capaz de sacarlos del mercado de los votos.

Desde que el tema se hizo candente las prostitutas y la ciudadanía hemos escuchado tal cantidad de disparates que llenan una enciclopedia. Una perla: «Las mujeres no son dueñas de su cuerpo», falso criterio paternalista utilizado para intentar incidir en el ‘negocio del sexo’, prohibirlo, aminorarlo o dejarlo bajo las alfombras para cobrarles impuestos. Es deseable la abolición, es aceptable la prohibición y puede ser pragmática la regulación como primer paso, pero no llevan a ningún fin las discusiones bizantinas. Si se busca eficacia contra el problema abandonen los maximalismos, erradiquen la prostitución callejera con alternativas laborales, cierren los clubes de alterne y los prostíbulos, persigan a proxenetas y puteros con contundencia. Creen una policía especializada para la protección real de las trabajadoras por necesidad y dejen de solazarse leyendo a los clásicos o viendo Pretty Woman los sábados por la noche.

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