Opinión

Nochevieja muy vieja

Eso de apalear al vecino viene de muy lejos. Y no se trata solamente de una cuestión ideológica maleable. Caín agarró la quijada que tenía a mano y mató a su hermano. Ahí empezó todo y desde entonces tenemos interiorizado el miedo a los hijos de Caín y la incerteza de si en realidad Abel tuvo una descendencia capaz de llevar por el buen camino a la humanidad. Con mucha frecuencia yo creo que no. El tipo que escribió los primeros libros de la Biblia era un excelente sicólogo y un tremendo manipulador. En el Génesis glorificó la fuerza bruta del malo, mató al bueno por tonto e inocente, pintó un Adán confiado por amor y a una Eva ambiciosa salida de una costilla de él. Machismo en estado puro dentro de una familia desestructurada. Desde ese arranque del cuento sagrado, en el más antiguo libro de las religiones del libro, no hemos parado de darnos mamporros ya sea en días de diario o en las fiestas de guardar.

Por estas y otras razones, durante la reciente Nochevieja, al ver a trescientos energúmenos colgar en efigie a Pedro Sánchez en la esquina madrileña de Ferraz, apalearlo hasta la destrucción e insultarlo hasta el desgañite, no he sentido ni más miedo ni más rabia que cuando en clase de religión me leyeron la Biblia por primera vez. De ahí que me considere inmunizado contra el virus del odio, ahora circulando tan libre por algunas calles de la política patria. Sin embargo no puedo dejar de condenar la falta de cultura —no sólo religiosa— de esa panda de cainitas sino también su incivilizada visión de la realidad y de la convivencia. Su odio sin fronteras. Al contemplarlos, lejos del Paraíso Terrenal parlamentario, los descubro como la nueva quijada del burro y me pregunto por qué se alimenta al Caín de turno y lo mantienen con sus posaderas en las poltronas del poder. Y me respondo con la absoluta certeza de que algunos vamos vestidos de hijos de Abel, como cuando fuimos hippies pretendiendo cambiar flores por balas. Así perdimos los papeles de aquella epopeya. Es historia. Y ahora temo que esta leyenda de la democracia liberal, soñada por nuestros padres y maniatada por la globalización capitalista, está en una encrucijada internacional de la que la Nochevieja del asesinato de la efigie del presidente será una mera anécdota, pero también es el grano ocasional cuyo pus del veneno va en aumento.

Sí. Ellos tienen la quijada y nosotros la palabra. Con la argamasa del verbo le ponemos voz a las ideologías de convivencia, confeccionamos leyes de obligado cumplimiento y levantamos castillos de vidrio donde cohabitar. Con el duro hueso del burro ellos lo tendrán muy fácil para dar al traste con nuestro empeño. Ya lo hicieron cuando nuestros abuelos soñaban en paz y ahora vuelven a las andadas a diario y en fiestas de guardar, con más ímpetu y con idéntica impunidad. Para romper el viejo estigma —de ‘la maldad que cubre toda la tierra’— la Biblia necesitó un diluvio universal y un Noé justo y paternalista, cuyos tres hijos acabaron a la gresca divididos entre dos buenos y uno malo. Como resultado de la historia, los científicos deberán dictaminar la existencia de una genética de extrema derecha indestructible. ¿Pero hemos de conformarnos? No, definitivamente no. Ruego porque no caigamos en ese error una vez más, como está haciendo la derecha democrática, por el simple afán de alcanzar el poder a cualquier precio. O aíslan a los descendientes de Caín y del Cam, hijo de Noé, o ellos también acabarán recibiendo los mamporros de la quijada en una futura Nochevieja de alcohol, algarabía y cantos fascistas.

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