Opinión

Manos manchadas de sangre

Abel Caballero ha declarado inaugurada la Navidad en todo el mundo y al mismo tiempo ha mostrado la estrella de los magos más grande jamás vista flotando sobre el árbol artificial más alto del Universo. Perfecto. Pero Abel desconoce que quienes iniciaron las fiestas fueron las grandes superficies de consumo. Llevan desde septiembre ofreciendo turrones, alfajores, chocolates, mazapanes, adornos navideños… cuyas tentaciones no hemos sido capaces de vencer y por ello, me ha revelado mi farmacéutica, ya se ha desbordado el consumo de metformina, para controlar las subidas de azúcar, y se han agotado las existencias de sales de fruta y las píldoras de almagato para aliviar la acidez y el ardor de estómago. A todo hay quien llegue antes como acontece con los anuncios llamando a comprar lotería o el cupón extraordinario de la Once. Mis décimos los guardo en la cartera desde agosto, por tanto puedo asegurar que mi Navidad empezó en verano, mucho antes de que Abel, con muy buen criterio, retara al alcalde de Nueva York. Una luminosa idea, sin duda.

También es fácil observar que el negocio de los obsequios está en la carrera desde octubre. Yo suelo regalar libros. Para seleccionarlos paso horas mirando portadas, husmeando contras y si la librería me lo permite leo la página 98 y ninguna otra. Es mi clave. Ya he escrito en alguna ocasión haber desechado muchos ejemplares por mor de lo encontrado en esa hoja y otros los he llevado al altar de mis complacencias. Regalar libros y acertar implica un muy concienzudo ejercicio de reflexión. No vale coger el título de moda o duplicar aquel leído con placer recientemente. No. Tampoco es elegante incluir el tique de cambio porque eso convierte al libro en una vulgar prenda de vestir que la trucas porque el color no te agrada o la talla te viene mal. El libro regalado debe permanecer en la memoria y en el corazón de quien lo recibe. Cada ejemplar debe ser un mensaje de amistad duradera, por eso yo los dedico y firmo todos, corriendo el riesgo de no acertar. En una ocasión viví semejante patinazo. La persona que recibió el regalado ya lo había leído pero tuvo la delicadeza de decirme: «me gustó muchísimo, sin embargo este me gustará el doble porque lleva tu firma». Es cierto, se lo juro.

De Camino a estas Navidades he visitado algunas librerías con mi libreta de apuntes en el bolsillo. Y verá hasta dónde llega mi asombro. He observado que desde aquella famosa portada de ‘La sombra del viento’ de Ruiz Zafón, se repite el motivo iconográfico hasta el cansancio visual. Corres el riesgo de no leer ni título ni autores. Las autorías son para mi uno de los principales reclamos, le siguen los títulos y después el escarbado de contra e interior. En el crucigrama de estos días me he cansado de encontrar novelas de auto ficción: problemas familiares, hijas contra madres, testimonios sexuales o sicológicos, traumas de infancia… Los malos argumentos serían lo de menos si las redacciones fueran buena literatura. No es así y he concluido que los editores le están robando el sustento a sicólogas y siquiatras. En la librería de una gran superficie, después de esquivar los presuntos grandes éxitos, me embarqué en la tarea de revolver entre los más vendidos. No había uno que no anunciara una muerte violenta, un crimen atroz, un asesinato por entregas y, por descontado, la originalidad de un nuevo detective audaz. Salí del recinto sin ningún ejemplar, con las manos manchadas de sangre y al borde de la depresión. Aun así, en esta Navidad luminosa de Abel Caballero, seleccione buena literatura y regale libros.

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