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La España olvidada

Han pasado 140 años desde que la primera locomotora llegó a la estación de Ourense, poetizada por un Curros Enríquez ilusionado por cuanto de progreso representaba para la provincia y el sur de Galicia en aquel siglo XIX agonizante. Con la llegada del Ave he escuchado similares deseos para los territorios que van desde Castilla y León hasta Ourense y Lugo, ahora denominados España vaciada y que yo prefiero etiquetar como olvidada. 

Las comunicaciones son esenciales en nuestro tiempo, como ya lo eran en el pasado siglo. El ferrocarril llegó a Galicia tarde y mal. En lugar de propiciar una eficaz interrelación entre las cuatro provincias, el norte peninsular, la meseta y Portugal se fue anquilosando y olvidándose de la geografía agreste. Sin sentido se construyeron tres aeropuertos, luego las autovías y autopistas acabaron creando islas de silencio en el rural y empezaron a venderse aldeas llave en mano. Llegó la autonomía y sólo a Xosé Luis Barreiro Rivas, a la sazón vicepresidente de la Xunta en los años ochenta, le escuché hablar de «la necesidad de articular el territorio». Tras su salida del gobierno se le echó el candado a la idea.

La falta de coherencia de esta Galicia de los espasmódicos años veinte, con dos provincias ricas y, en algunos casos, superpobladas y otras dos también ricas pero empobrecidas por la despoblación, no la salvará ni la alta velocidad ferroviaria, ni la ocurrencia de un partido político aldeano, ni leyes generalistas pensadas solo por sesudos urbanistas de despacho. No, porque la España olvidada no está agonizante, está muerta. Y una resurrección implica empezar por un estudio de la realidad y las funciones salvadoras del territorio, que no se está haciendo.

Día sí y al siguiente también aparecen noticias luminosas de gente emprendedora, refugiándose en pequeños pueblos sin servicios ni comodidades adecuadas, para resucitar palmos de terreno con ideas ecológicas pero con escasos fundamentos comerciales. Les siguen amantes de la artesanía o de la soledad del teletrabajo como solución para pequeñas aldeas, a las que también llega el turismo de naturaleza como alternativa. ¿Esas opciones dinamizarán el poblamiento? En un par de décadas tendremos respuestas contundentes.

Mientras la provincia de Cuenca, por ejemplo, esta semana ha perdido todos los trenes de cercanías, como ha venido sucediendo en Galicia, la idea de un partido que represente a la España vaciada se extiende como el grito a Lázaro para que se levante y ande. Un movimiento que no pasará de ser un susto a los dos grandes partidos. Esto es, porque la solución a la España olvidada no está en el Gobierno y ni el Parlamento de España. Es responsabilidad de las Autonomías. Porque los problemas habitacionales de Cuenca o Extremadura o Zamora escasamente se tocan. Es a los gobiernos autónomos a quienes les corresponden articular sus territorios. 

Es más, la función salvadora sería altamente eficaz estudiada y ejecutada desde las diputaciones provinciales. Pero ahí juegan, y mucho, las zancadillas de las competencias administrativas. Como ejemplos, solo a cuatro presidentes de diputación les he visto realizar proyectos esperanzadores en este sentido. Manuel Baltar

—Ourense— ha creado un Observatorio do rural; Xosé Ramón Besteiro —Lugo— arrancó Lugo Km. 0; Paco Reyes —Jaén— instauró Jaén paraíso interior, y Valentín Cortés —Badajoz— impulsó Promedio, desarrollo sostenible. Son solo cuatro iniciativas articuladoras a tener en cuenta, pero el futuro aún está por inventar. Feliz y bucólico solsticio de invierno.

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