Opinión

Esa larga pataleta

Hoy, mientras los niños de San Ildefonso cantan la lotería de Navidad, en el Congreso de los Diputados se reúnen el presidente Pedro Sánchez y el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, en un encuentro institucional convertido en excepción como consecuencia de la confrontación partidista que asola el país. Para los mal pensados —como yo— da la impresión de que el presidente del PP hubiera elegido esta mañana, entre las tres opciones propuestas por la Moncloa, para esconder su foto con Sánchez tras las que generará el ruido mediático de los premios. Un movimiento más de la idea que la derecha carpetovetónica tiene de la política de gestos. Sin embargo, al margen de esa minucia gestual, resulta lamentable el empeño de Feijóo por no pisar la sede de la presidencia del Gobierno, hecho insólito en nuestra corta historia democrática, muy parecido a esos otros de los nacionalistas no acudiendo a la Zarzuela cuando Felipe VI los convoca. Los unos no aceptan al rey. Los otros no reconocen al presidente. Evidentes tergiversaciones entre lo institucional y los intereses ideológicos o de partido. Ya estamos acostumbrados.

Hoy, si el ejercicio de la política nacional estuviera discurriendo por los cauces del pragmatismo, que exige el buen entendimiento de la realidad, podría ser un gran día. Después de las elecciones municipales, autonómicas y generales, previas al verano, los dos partidos, en cuyas manos está la gobernabilidad de España, se sentarían a buscar soluciones para el presente y el futuro de la ciudadanía a la que se deben. Pero no. Hoy, cambiado el escenario, el PSOE lleva en su cartera tres cuestiones esenciales —renovación del CGPJ, modificación del artículo 49 de la Constitución y la financiación autonómica—, mientras el PP contrataca con diez improvisados brindis al sol. Esto es, el presidente llega pedaleando en su bicicleta de piñón fijo y el líder de la oposición enarbolando la pataleta que no le deja dormir desde el 23-J. Por tanto, hoy no habrá ni entendimiento ni cordialidad en la reunión. Puede que ese aperitivo de cambio semántico en la Constitución acabe teniendo plazo, pero la renovación del CGPJ continuará atascada en ese otro empeño inconstitucional del PP por no aceptar las normas, y con el asunto de la financiación autonómica Feijóo acabará pegándose un tiro en la cartera, para desgracia de las comunidades donde gobiernan los suyos.

Respecto de los diez puntos que don Alberto lleva consigo merecen un estudio concienzudo, un ensayo sobre estrategia política en profundidad. Prometo hablar de ellos. Hoy me quedo con la idea de que son una muestra de andar perdidos en el resentimiento y de que Feijóo no acaba de aceptar que le faltan 40 escaños para gobernar en solitario —como prometió en su campaña— y le sobran 33 (Vox) para llegar a acuerdos con otros partidos. Mientras esta situación se mantenga y el prestidigitador Sánchez siga llevando las aguas de todos los ríos a su molino, la derecha no se sentará en la Moncloa. Procedería, por tanto, que el gallego y su cuadrilla empezaran a poner las bases del sosiego en sus escaños, mirar la realidad con la cabeza fría y analizar hasta dónde puede llevarles la confrontación permanente y desaforada. Porque confrontar en política solo produce descontento y cansancio en el electorado. Además, por este camino Feijóo no aguanta en el banquillo más de dos temporadas.

Por estas y otras razones, hoy debiera de ser un buen día. Sin embargo, si no conciertan ni les toca la lotería, mañana se conformarán con tener salud. Feliz Navidad.

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