Opinión

Emanciparse en Galicia

En mi juventud conocí a un individuo dispuesto a vivir de sus padres hasta que lo mantuvieran sus hijos. Mariano F. lo logró. Es el ejemplo de dependencia vital voluntaria más extraordinario jamás visto. Aunque es cierto que no alcanzó una vejez longeva y cansó a su descendencia, lo llevó bien gracias a otros patrocinadores como su compañera, el Estado —prestaciones, jubilación, viudedad— y sablazos memorables. Para quienes fuimos educados en el esfuerzo y la superación, la vida de aquel conocido nos parecía inútil, improductiva y sin sentido dentro de una sociedad en permanente evolución. No obstante, para los amantes del confort indolente Mariano F. fue todo un ejemplo envidiable. Esto aconteció durante aquella segunda mitad del siglo veinte, cuando la mayoría soñábamos, y lo logramos, abandonar el hogar familiar y emprender la vida a nuestro albedrío. Fueron décadas en las que los conceptos de libertad e independencia aún no se habían adulterado en los diccionarios de la política populista y soñábamos con construir un mundo mejor para nuestros hijos. Fue un movimiento utópico secuestrado en el actual presente imperfecto.

El Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud de España ha revelado que hoy poco más del 16% de los jóvenes logran abandonar el hogar familiar. Por lo tanto un abrumador 84% de la juventud, entre 16 y 30 años, puede verse obligado a depender de sus padres. Y en esas estadísticas Galicia viaja en un vagón de cola repleto de dependientes. Las causas generales son diversas: falta de puestos de trabajo, sueldos insuficientes, altos precios de la vivienda —en propiedad o en alquiler—, incapacidad para emprender… Estamos rodeados de miles de Marianos F. involuntarios, deprimidos, cabreados y desesperanzados. Imposibilitados para crear nuevas convivencias, procrear y fomentar la riqueza o, simplemente, el bienestar a largo plazo.

El panorama de Galicia presenta características muy particulares. Aquí la independencia de la familia históricamente se ha resuelto con el impulso de la emigración. Sin remontarnos más allá del siglo diecinueve, entre 1836 y 1960 abandonaron sus hogares camino de América 2.041.603 gallegos/as, en su amplia mayoría jóvenes. A partir de 1942 se produjo la sangría de la emigración a Europa —difícilmente cuantificable— de individuos menores de treinta años, con el beneplácito del régimen franquista. Llegada la autonomía pasamos de exportar mano de obra casi analfabeta a regalar maletas a la juventud más preparada culturalmente de la historia. De nuestras tres universidades cada año salen docenas de profesionales para ejercer en otros puntos de España y del extranjero. De las 7.300 enfermeras exportadas durante los mandatos de Rajoy se supone que al menos un 10% eran gallegas y nuevos médicos otros tantos. La mayoría de titulados que permanecen en Galicia se ven obligados a compartir techo y mesa con la familia, según el Observatorio de Emancipación.

Ante esta desgracia la juventud gallega se encuentra con la falta de políticas a favor de las viviendas sociales. Desde la llegada de Feijóo a la Xunta se redujo hasta el cero absoluto la promoción del alquiler social y de vivienda protegida. A las puertas de las elecciones del 18-F, empujado por el Gobierno central, Rueda ha anunciado un nuevo plan que a todas luces seguirá siendo insuficiente. Tan depauperado es el panorama que por fortuna ni los fondos buitre han mirado hacia nosotros. Y lo peor de todo, los Marianos F. de Galicia no tendrán hijos para mayor desgracia del futuro del país.

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