Opinión

El amante despechado

A mi amiga Cristina Paz es sicóloga y como tal observa la vida desde los cánones de esa disciplina. Para ella la algarabía política actual encaja fácilmente en muchos de los síndromes diagnosticados en su consulta. Así, está convencida de que Feijóo padece los síntomas del amante despechado. Esto es, tras no alcanzar la plenitud del idilio soñado durante las elecciones del 23-J, de no conseguir en la Cámara de los diputados la mayoría para alcanzar el Gobierno de España, ha iniciado una irracional carrera contra los elementos adversos. Esto es, no ha dudado en deslegitimar al nuevo gobierno de Sánchez, como ya hiciera su partido tras la moción de censura contra Rajoy. Tal que el amante obcecado no valora que semejante desautorización no es una acción contra el ejecutivo en singular sino contra la ciudadanía en plural, la que les ha otorgado sus votos y confianza, tan válidos como los recibidos por él mismo. Siguiendo los tics del amante despechado no carga contra la dama deseada, va de lleno contra las amistades de la chica y no duda en descalificar al propio Parlamento y considerar, en un acto poco responsable, a las minorías como entes perniciosos y no representativos de la realidad. ¿Acaso a Vox, su cómplice sentimental, lo avala una gran mayoría? 

Enseguida, sujeto al síndrome de la suplantación, el amante despechado levanta un castillo en el Senado y toma la plaza como única representante de la política legal. El descalabro se verá. Luego asegura que hemos perdido un hipotético don de la igualdad y por ello se deroga la Constitución. Según Cris, ahí vive el denominado síndrome del primo de Zumosol tratando de apuntalar sus sentimientos contrariados. Cuando en realidad la desigualdad legal la lleva abanderando el PP desde hace más de cinco años al no renovar el CGPJ y ahora la acrecienta al desacreditar al Tribunal Constitucional y a su presidente por el mero hecho de no contar con mayoría de magistrados afines en el mismo. Resulta paradójico que después de rasgarse las vestiduras por las críticas socialistas a un juez, González Pons dispare contra el TC al completo. Para Cristina en ese punto padecen el síndrome llamado del fraude, a consecuencia del cual las personas exitosas son incapaces de administrar sus logros. Es evidente que el PP de Feijóo se ha metido en un barrizal de descrédito de las instituciones realmente peligroso para la convivencia democrática e incluso para su propia organización.

En paralelo sufrimos el síndrome de prepotencia de Puigdemont y su exigua cuadrilla. Contemplamos el síndrome de complacencia de Sumar creciendo como un suflé, pronto incontrolable. Vemos el síndrome del corazón roto apropiado para los restos del naufragio de Podemos. El síndrome apático puede, en un buen número de circunstancias, justificar los comportamientos de ERC. El síndrome del dictador es el guante lucido por Vox. PNV, Bildu, BNG… cada quien también tiene una cita menor en la consulta de Cris. Y al PSOE ella lo coloca en la casilla del síndrome de supervivencia, con todos sus pros y contras, que no son pocos. Y destaca que Pedro Sánchez es acreedor de un literario síndrome del Lazarillo de Tormes, por su astucia y capacidad para comer tres uvas cuando el ciego se lleva dos a la boca, en lugar de la una acordada. Además con sus maniobras es quien de dejar pasmados al hidalgo y al clérigo cuando intentan, usando a la justicia, hacer trampas o cambiar las reglas del juego. Visto así, nuestra sociedad política está enferma. No obstante, lo peor es que tantos síndromes son socialmente contagiosos. Y no lo saben.

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