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Alto riesgo

SIEMPRE QUE escucho el anuncio de un partido de fútbol de "alto riesgo" me hago la misma primera pregunta: ¿es lícito mantener en la práctica este tipo de espectáculos de masas? Y enseguida las ideas se agolpan en mi cerebro buscando el equilibrio entre la realidad de los comportamientos gregarios humanos y el sentido común. Y no consigo encontrar ninguna razón lógica para seguir tropezando con esta piedra, capaz de llegar a producir catástrofes, como ya ha acontecido en otras latitudes menos desarrolladas o más fanáticas del planeta.

El encuentro entre el Barcelona y el Real Madrid del pasado miércoles nos ha mostrado la cara más ridículamente peligrosa de un partido de alto riesgo. Hemos llegado a la cima. Y la considero ridícula porque se ha vivido una planificación política y administrativa superior a la prevención de una catástrofe natural. Miles de policías, organizaciones de voluntarios, calles cortadas, barreras de contención, aduanas para registrar al público, vías de evacuación, cientos de medios informadores… y un río de gente semejante a un rebaño de búfalos propicios a la estampida.

Y todo eso para ver a veintidós señores disputándose una pelota de cuero y cobrar las entradas. Y todo eso aderezado con pullas de confrontación política. Y todo eso inflando la economía de una organización empresarial —la liga profesional de fútbol y los equipos—, cuyos oscuros manejos dinerarios jamás conoceremos. Y todo eso generando un gasto a los erarios públicos que nadie cuantifica, nadie pide su justificación en los parlamentos, ni veremos jamás en el balance de resultado de los dos clubes protagonistas del encuentro. Y todo eso doliendo en los bolsillos de quienes no somos aficionados al fútbol, condenamos todo tipo de violencia y consideramos un insulto el que se justifique como necesaria e inevitable la programación de este tipo de espectáculos teóricamente deportivos.

Si entráramos en el capítulo demagógico de comparar el despliegue de Barcelona con, por ejemplo, el que se emplea a la hora de atajar un gran incendio, o socorrer a una población hundida por un seísmo, u otra inundada por un temporal… la ceremonia de alto riesgo saldría ganando en preocupación, en atención y en inversión económica y de medios para resolver con rapidez las catástrofes. No tengan dudas. Y, naturalmente, a las preguntas finales nadie, ni el propio cerebro, responde. ¿Por qué se mantiene esta dinámica socialmente peligrosa? ¿Es una cuestión de simples intereses económicos? ¿O es que el masoquismo forma parte de la genética del aficionado a los espectáculos deportivos y se lo premiamos?

Además, en esta ocasión, para rizar el rizo, fuerzas no identificadas del independentismo han tomado el encuentro como vehículo para llevar al mundo la imagen de su protesta. Y desde los poderes públicos se ha asumido como un "mal inevitable", y allí estaban los políticos más interesados, compartiendo los palcos que habitualmente niegan a la hora del debate ideológico. ¿Imaginan la puesta en escena de una obra de teatro o similar con los mismos fines? ¿Cuánto habría tardado un juez en detener a los promotores y en cerrar la sala? ¿Cuántos se habrían rasgado las vestiduras por dar soporte a ideas incómodas? Demasiadas preguntas de alto riesgo para razonar sobre la idiotez humana.

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