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83 multimillonarios

Conocía a una millonaria muy millonaria que no era feliz, entre otras causas menores, por culpa del peso de la fortuna amasada por su aristocrática familia. La extravagancia de su padre había llegado a freír un huevo, quemando billetes de mil pesetas, para demostrar a los amigos que podía ofrecerles el banquete más caro del mundo y menos suculento. Ella acabó envuelta en una miseria espartana, viviendo en un palacete espléndido, rodeada de sirvientas y con cuentas corrientes astronómicas en los bancos. Esto no es una fábula. Aquella mujer me dijo un día: «La riqueza, hijo, es una serpiente avara e inútil que engorda sin cesar, engulle y engulle reptando por todos los rincones de la existencia sin otro fin que ser ella misma». Entonces, pensé yo, que las grandes fortunas están llamadas a ser una injusta entelequia. No me equivocaba.

Han pasado más de cincuenta años de aquella conversación en la que no medió ninguna intención ni pensamiento social. Ni ella, por su educación de clase, ni yo, por mi bisoñez académica, habríamos sopesado la importancia de semejante reflexión, bajo un magnolio en flor, mientras las palomas comían las migajas de pan que la señora Mari Pepa, condesa de Rojas, les regalaba. Ayer la he imaginado firmando el manifiesto de los 83 milmillonarios del mundo que piden gravar sus beneficios, con impuestos más altos, para fines humanitarios, humanistas y sociales. «Hágannos pagar más impuestos», han rogado esos utópicos firmantes, seguramente seres infelices inmersos en su abundancia y asustados ante el declive de nuestra civilización que, antes de final de siglo, habrá sufrido un cataclismo demográfico, según predicen las estadísticas más sofisticadas. ¿De qué les servirán las riquezas a sus descendientes en un mundo destrozado por la contaminación, las pandemias y el despoblamiento?

No sé si ese fue el temor del multimillonario Warren Buffett cuando solicitó pagar el mismo porcentaje impositivo que su secretaria. El IRPF de ella era el 36% mientras que el suyo apenas pasaba del 17%. Según los datos publicados, esos cuidadores de la serpiente de doña Mari Pepa son unos 2.500 en todo el mundo, nueve de ellos españoles, con capacidad económica, si se pusieran de acuerdo, para cambiar el curso de la historia y propiciar sociedades ricas, justas y libres. Sin embargo solo 83 han dado el paso al frente y, para colmo, en muchos sofisticados despachos habrán generado hilaridad. Y, además, nada tienen que ver con esos pobres ricos que ganan más de 60.000 euros al año a quienes quieren subirles el IRPF, para que contribuyan con la mitad. Sí, en justicia deben aportar al Estado tanto porcentaje como sus secretarias, pero no cortarles las alas a ciegas. Y las grandes empresas, junto con las multinacionales, deben tributar idénticos gravámenes a los de las pequeñas y medianas empresas. Los gobiernos deben identificar adecuadamente la serpiente, bajarse de la tribuna de la demagogia y el electoralismo y poner el oído para escuchar ese grito de los Millonarios por la Humanidad, ahora que aún estamos a tiempo. Y, estudiando la distribución geográfica de esos afortunados, aprender que una organización impositiva justa solo será posible desde el marco de una macroorganización mundial. Y debieran valorar y temer la irrupción de una puesta en común de los intereses de esos 83 capitaneando a los 2.417 restantes. Las buenas intenciones pueden concluir en fines nefastos, pues la serpiente de doña Mari Pepa es imperecedera.

83 multimillonarios
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