Opinión

Gonzalo Fernández de Córdoba

ANTEAYER, miércoles 2 de diciembre, ante la mayor de las indiferencias y el más absoluto de los silencios, se cumplieron quinientos años, cinco siglos, del fallecimiento de uno de los personajes más importantes de la Europa moderna. Uno de los genios militares más destacados de la Historia. La persona que en el tránsito del medievo a los siglos modernos transformó radicalmente el concepto de los ejércitos, la concepción de las estrategias en el terreno de batalla y revolucionó la técnica militar. Que nadie busque en este artículo ningún tipo de apología belicista ni militarista. Justo en las antípodas se sitúa el objetivo. El propósito, la intención, es otra muy diferente. En primer lugar recordar al personaje, pues, para bien o para mal, jugó un papel sumamente importante en el devenir histórico de este país y de Occidente. En segundo, llamar la atención sobre un hecho recurrente, el desprecio mostrado de forma reiterada en el Estado español por destacados hijos suyos. En esta misma columna muchas más veces de las deseadas se ha llamado la atención sobre el tema. ¿Nos podemos imaginar a Francia sumiendo en el mayor de los ostracismos a la figura de Napoleón en uno de los centenarios de su muerte? ¿Cabe pensar en un total apagón en el recuerdo ente la similar efemé- ride del almirante Nelson en Inglaterra? En cambio aquí, es el pan nuestro de cada día. Y estas líneas no pretenden ningún tipo de chauvinismo, sino de dignificación histórica.

Víctima de las cuartanas, un tipo de fiebres viejas compañeras suyas, Gonzalo Fernández de Córdoba fallece en Loja (Granada) el 2 de diciembre de 1515. Había nacido en Montilla (Córdoba) el 11 de septiembre de 1453. Tres meses antes de él venir al mundo, los turcos lograron abatir Constantinopla, la capital de Imperio Romano de Oriente, del Imperio Bizantino. Baluarte que había sobrevivido casi mil años a la caí- da del Imperio Romano de Occidente. Fiel a Isabel de Castilla, su muerte significó la caída en desgracia de Fernández de Córdoba ante su marido, Fernando de Aragón. Marcaba así una senda muy característica de nuestro país y que posteriormente seguirían otros encumbrados personajes como Hernán Cortés, el duque de Alba o Melchor de Macanaz.

Como decía al comienzo, escasos, escasísimos han sido los eventos conmemorativos. Una exposición en el Museo del Ejército de Toledo que permanecerá abierta hasta el 31 de enero del próximo año. Un ciclo de conferencias organizado por el Ayuntamiento de Granada. Una muestra con la puesta en marcha de una sala en el castillo de su Montilla natal, compartiendo espacio con ¡el Museo de Vino! ¡Triste es tener una clase política tan mediocre y escasamente ilustrada! Y poco más. Desconsolador bagaje de recuerdo para tan brillante personaje. Por cierto, en la exposición del Museo del Ejército de Toledo, cedidas por el Archivo General de Simancas, se exponen la auténticas cuentas del Gran Capitán; las reales. Todo un compendio de minuciosidad. Ninguna relación guardan con las ficticias que tanto éxito alcanzaron y están muy relacionadas con el mundo de cierto tipo de comedias.

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