Opinión

Lo que les pasa a Sánchez y Ayuso por no ser médicos

No hay normativa que lo prohíba, pero es sabido que un médico nunca operaría a su hija o a su pareja. ¿Por qué? Pues porque en un momento crítico, hasta el mejor profesional puede perder la objetividad si quien se tumba en el quirófano es alguien tan cercano. Aumenta el grado de responsabilidad y con ella la presión, lo que puede derivar en una situación de desventaja emocional que induzca a errores graves o incluso fatales.

Isabel Díaz Ayuso y Pedro Sánchez no son médicos, pero saben de comunicación como el que más, como han acreditado a lo largo de sus respectivas carreras. Sospecho además que gustan de ejercer como sus propios directores de comunicación, aunque sean otros quienes ocupen dichos cargos. Y hay que reconocer que, a juzgar por los resultados, hasta ahora no les ha ido mal.  

Y digo hasta ahora porque las últimas semanas no han sido buenas para ninguno de los dos por la misma razón: el asunto a comunicar no iba de ellos, sino de sus parejas. Y ahí la pifiaron bien, la verdad, por no delegar la estrategia y el despliegue táctico de su comunicación en otros, como hubiera hecho cualquier médico sensato si tuviera que operar a su pareja. Al no hacerlo, dos asuntos de los que podrían haberse distanciado (Ayuso) o explicado y cortado a tiempo (Pedro Sánchez) acabaron convertidos en crisis bien serias debido a sus propios errores. 

El error de Díaz Ayuso estuvo en su primera reacción, cuando en vez de alejarse del foco eligió acapararlo: “esto es una trama de todos los poderes del Estado contra mí”. Se echó encima un problema que ni siquiera le tocaba como presidenta y que le afectaba solo en el plano privado, pero que ahora le pesa horrores. Hubiese bastado con que dijese que su pareja es un particular (como finalmente hizo, pero ya demasiado tarde) y expresar su confianza en que pudiera defenderse del fisco. Se hubiera quitado así la mayor parte del marrón de encima, pero ahora ya no puede.  

El error de Sánchez fue de otra índole, más bien de cálculo: lanzar un ataque masivo contra Díaz Ayuso sin explicar previamente (o al mismo tiempo) la actividad profesional de su pareja.  Que el nombre de Begoña Gómez apareciese mezclado con los de Javier Hidalgo y Víctor de Aldama, ambos vinculados al caso Koldo, era un preciado regalo que la oposición no podía ni iba a dejar pasar.  Y aun sabiéndolo, en vez de respuestas que aclarasen la situación de su esposa, Pedro Sánchez optó por el ataque frontal a Ayuso.  Primero él mismo y luego casi todos sus ministros y otros portavoces socialistas exigieron en cascada su dimisión un día sí y otro también, en una estrategia que dañó y desgastó a la presidenta de Madrid, desde luego, pero que también tuvo como daño colateral que las dudas sobre la actividad de Begoña Gómez fuesen cada vez mayores por la ausencia de explicaciones precisas. 

Así que ahora tenemos a dos presidentes a los que no se les imputa ningún delito, ni siquiera irregularidad, que no aparecen en ningún sumario ni en ninguna investigación judicial, abollados y conmocionados por no haber sabido explicar con transparencia y a tiempo lo ocurrido con sus parejas. La táctica del «y tu más», que casi nunca funciona, en estos casos menos. El intento de magnificar un caso produjo el mismo efecto en el otro. Aunque no sea cierto, la sensación que nos dejan es que no se acaban de explicar porque hay algo inexplicable en cada caso y por ello intentan tapar uno con el otro, consiguiendo el efecto contrario: que ambos parezcan cada vez más gordos y graves.

Un despropósito de gestión comunicativa motivado en parte por la proximidad afectiva entre Alberto González y Begoña Gómez con Díaz Ayuso y Pedro Sánchez. De ser médicos, esto nunca les habría pasado. Hubiesen dejado que operasen otros. 

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