Opinión

Una ley que será la hostia

La ley de amnistía será la hostia, en cualquier caso. La que se llevarán el gobierno y Puigdemont si jueces y fiscales la interpretan y aplican de una manera distinta a como pretenden sus redactores. O también si resuelve el conflicto catalán, que no parece, pues los amnistiados ya adelantan que volverán a hacer lo mismo de nuevo. 

Después del primer intento, a finales de 2017, unos acabaron condenados a prisión, otros en el exilio y Puigdemont en una mansión de Waterloo con la única condena a contorsionarse un ratito para acoplarse al maletero en el que salió del país. Por arte de la amnistía, preparan ahora una vuelta heroica entre kilométricas cadenas humanas. Hay que reconocerles que no desperdician ninguna oportunidad de mostrar que su voluntad de aplacar ánimos y facilitar el entendimiento de una ley tan beneficiosa para ellos como controvertida para el resto es igual a cero.

Con todo, el primer problema de la amnistía no está en el fondo, sino en la razón esgrimida para justificarla: se aprobó (nos dijeron) para mejorar la convivencia e impulsar la reconciliación en Cataluña, pero es sabido que fue para sumar los 7 votos que dieron continuidad al gobierno de coalición, impidiendo otro con la ultraderecha dentro. De hecho, si PSOE y Sumar hubiesen tenido 7 votos más, hoy no estaríamos hablando de nada de esto.

Con todo, el primer paso para impedir un posible gobierno con Vox no fue este, sino el dado por la ciudadanía el 23-J, cuando le retiró al PP la amplia mayoría que le había otorgado solo dos meses antes debido a sus pactos con la ultraderecha en ayuntamientos y comunidades.

Pero en vez de hacerse cargo de este giro electoral y presentarlo como un mandato de las urnas para el que era imprescindible la amnistía y los votos de Junts, el PSOE optó por pintar la controvertida ley como la llave para la convivencia y la reconciliación en Cataluña, argumento tan buenista como poco creíble. De hecho, los primeros en desmontarlo fueron los ahora amnistiados, que muy alejados del propósito de enmienda anuncian que quieren hacer otra vez lo mismo, pero mejor. Y este es justo el segundo problema de la amnistía: la despiadada humillación de sus beneficiarios hacia quienes promovieron y aprobaron la ley con gran esfuerzo y mayor coste.

Así que ahora es inevitable que la campaña electoral en Cataluña se convierta en un tormento chino para el gobierno de España y para su presidente, con ERC y especialmente Junts desmontando varias veces al día el relato gubernamental de la concordia y la reconciliación.  

Ya veremos cuál es el resultado y, sobre todo, quién gobierna para poder hacer entonces una  evaluación objetiva de lo conseguido por la amnistía, pero no pinta bien. Todo apunta a que esta ley podría convertirse en otra con efectos no deseados, como la del sí es sí: empeorar la convivencia en Cataluña y facilitar en España un gobierno del que forme parte Vox. Justo lo contrario de lo que se pretendía. 
Y entonces la ley también será la hostia. Y sus consecuencias, todavía más.

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