Opinión

No es un país de mierda

Un país de muros, diques y frentes; un Gobierno de social-comunistas y filo-etarras al frente de una dictadura o una oposición de fascistas y franquistas que amenaza la democracia… Si solo abrimos los oídos a lo que dicen algunos políticos y tertulianos, la verdad es que se nos está quedando un país de mierda. Afortunadamente, cuando alzamos la mirada vemos otra cosa bien distinta: un país solidario, tolerante, democrático, íntegro, comprometido, trabajador, alegre, honesto, feminista; con muchos problemas, pues claro que sí, pero también con muchas ganas de buscar soluciones. ¿A quién creer entonces? A quienes nos inflaman los oídos o a nuestros propios ojos.

En 1941, el alemán Adolf Hitler invadió Rusia para librar una guerra de aniquilación contra un pueblo al que consideraba inferior; incluso infrahumano en los casos de aquellas personas con la doble condición de soviéticas y judías. Mató a millones de ciudadanos y ciudadanas rusas, siendo al menos dos millones judíos. En 2023, el hebreo Benjamin Netanyahu empieza a librar otra guerra de aniquilación contra todo un pueblo, el gazatí, al que también infravalora hasta el punto de tratar a quienes lo forman como alimañas. Hitler y Netanyahu, alemán y judío, no son tan diferentes. Al revés, en realidad son las dos caras de la misma bestia. Y eso nada tiene que ver con sus nacionalidades.

Pablo Iglesias rompe con Sumar para acabar con Yolanda Díaz y al mismo tiempo anuncia la candidatura de Irene Montero a las elecciones europeas. Iglesias rompe cosas con frecuencia. En realidad, lo ha roto casi todo después de haber logrado lo más difícil. Primero rompió con la mayoría de las personas que le ayudaron a crear Podemos; luego con todos los partidos que se integraron en su espacio político y más tarde hasta con Manuela Carmena, contra la que, al igual que hará ahora, también presentó una lista en las municipales de 2019. Desde entonces, Almeida es el alcalde de Madrid.

Pese a su pasado, la legitimidad democrática de EH-Bildu no la decide el PP. Emana de la ley electoral, que le permite presentarse a las elecciones como partido democrático, y además tiene el aval de los votos que recibe, reconozcamos que cada vez más. Pero precisamente por su pasado, aunque por una cuestión muy diferente a la legalidad, no debería ser aupado al gobierno de ninguna institución por ningún partido (menos por quien sufrió el terrorismo en sus filas) hasta que obtenga ese mandato directamente del pueblo vasco, siendo la fuerza más votada. Y eso ocurrirá más pronto que tarde… y además será bueno que ocurra. Pero, efectivamente, algunas cosas requieren más tiempo que otras para parecer normales, por mucho que ya lo sean.

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