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Enamorados

RECUERDEN AQUELLOS momentos maravillosos en los cuales nos sentamos ante el notario, sentados uno al ladito del otro, casi cogidos por la mano para firmar... la escritura. Lo que la hipoteca una, que no lo separe el banco. Aquel señor tan serio nos imponía bastante pero, a pesar de su extraño lenguaje y el aspecto antiguo de los papeles, sentíamos ese cosquilleo de tener casi en la mano una casa nueva para dedicarnos a soñar con la decoración del salón.

El promotor nos tenía en el bote hacía tiempo e incluso le abonamos parte en negro, que menos. Su amigo el del banco también se hizo amigo nuestro, le llevamos la nómina y nos subrogamos de cabeza a su hipoteca de amigo. Todo era tan bonito y teníamos tantas ganas de disfrutar, ella de su cocina y él de la terraza, que compensaba el tedio de firmar tanto papeleo. Todavía nos cuesta creer lo del estallido de la burbuja inmobiliaria, el rescate de nuestro banco y que el promotor quebrara sin atender las chapuzas estructurales en un edificio azotado por derramas. El amor hipotecario se resquebrajó, nuestro nidito de amor ya no valía lo mucho que costó pues, además, el euríbor nos ahogaba en la dramática crisis. Pero todavía nos quedaba el episodio de las cláusulas suelo, algo que debía estar por allí, y que, a regañadientes porque lo dijo un tribunal europeo, devolverán. ¡Qué daño al romper aquel mundo de actos jurídicos documentados! Cuantos enamoramientos rotos.

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