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La pobreza que viene

UNO DE de los inconvenientes de las sociedades acomodadas es el mal uso o tergiversación que se hace del significado de determinadas palabras en función de los intereses o conveniencia de las clases dominantes e influyentes para camuflar o prestigiar, según les convenga, los objetivos que pretenden conseguir.

Un ejemplo fácil es lo que está ocurriendo con el adjetivo digno. Entendíamos que era la cualidad de alguien que por su comportamiento o su cargo merecía respeto y aprecio. Pero, últimamente determinadas clases privilegiadas de la sociedad se han apropiado de su noble significado para enmascarar y defender intereses espurios. Así, los médicos o los profesores reclaman un "sueldo digno", cuando lo que pretenden es una subida de sus emolumentos que ellos estiman escasos. Olvidan que con tal tergiversación están tachando de ‘indigno’ el salario de la mayoría de los trabajadores, (que cobran bastante menos que ellos aunque, generalmente, trabajan mucho más).

Quizás esta pandemia que ahora nos embiste nos ayude a hacernos conscientes de nuestra temporalidad

Y lo mismo ocurre con la pobreza. Todos sabíamos lo que era y lo que significaba: escasez o carencia de lo necesario para vivir. ¡Ah!, pero han aparecido las ONG y otras asociaciones de profesionales de la caridad y nos informan el 17 de octubre (‘Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza’) que, solo en España, hay 12.3 millones de personas en riesgo de pobreza o exclusión social (Informe Arope). Sobresalto. Perplejidad. Uno mira a su alrededor, viaja por el país, pregunta, y no encuentra tanta miseria. Más bien, al contrario, cierto acomodo y algo de derroche.

Pero el paisaje se va a enturbiar. Los privilegiados residentes en el occidente del planeta llevábamos varias generaciones viviendo tan confortablemente, que, buscan do objetivos vitales honorables y solemnes, los más acomodados e idealistas se entregaban alborozados al rescate de náufragos (a los que previamente, en defensa de nuestro confort, les habíamos prohibido el acceso a nuestro ‘balneario occidental’) o a la lucha contra el cambio climático (como si nosotros, los humanos, tuviésemos la potestad de controlar los ciclos y eras del planeta). Es reveladora a este respecto aquella anécdota en que la Tierra y otro planeta se encuentran en la galaxia, y el planeta le pregunta a la Tierra: "Hola, qué tal estás". "Mal", responde la Tierra. "Me ha atacado un bicho". "¡Vaya!, y cuál es". "El humano". "Pues no te preocupes, ese es un mal temporal", le responde el planeta.

Quizás esta pandemia que ahora nos embiste nos ayude a hacernos conscientes de nuestra temporalidad: como individuos y como especie. Y a valorar la salud y el bienestar. Y también: la libertad. No como bienes absolutos, ya que el ser humano es acomodaticio y rutinario, pero sí como objetivos alcanzables si gestionamos razonablemente bien nuestras existencias.

Los que somos responsables de negocios o empresas asistimos atónitos al cumplimiento de los decretos

Por eso deberíamos consensuar un equilibrio entre esos tres factores: salud, bienestar y libertad. Pero, por lo que se ve, los gobernantes han decidido sacrificar el bienestar y la libertad para, teóricamente, proteger la salud. Y no parece que legislen con acierto. Nos multan, nos confinan, clausuran nuestros medios de vida (naturalmente sin molestar ni incomodar a la función pública). Y la pandemia sigue su curso, imperturbable. Hasta que la población se canse. Porque el aislamiento, la incertidumbre y la pobreza también abaten y causan malestar y desgracia. Y las autoridades ni cuentan la verdad, ni saben realmente lo que está ocurriendo; salvo que existe una pandemia muy contagiosa y relativamente mortal. Pero eso no es ninguna novedad en el transcurrir de la humanidad, y bien que lo saben en los países subdesarrollados que habitualmente las sufren. Lo que es novedoso es el conteo diario de muertos y contagiados con el fin de atemorizar a la población; y el montón de ocurrencias y dislates con que los gobiernos nos sorprenden pretendiendo encauzar la enfermedad. Semejan un grupo de niños jugando a la piñata: efectivamente dan muchos palos al aire, pero también rompen alguna cacerola no acertada, y sus destrozos caen sobre el pueblo doliente que no solo va a tener que sobrellevar la enfermedad, sino también soportar la pobreza que ocasionan con sus ‘palos de ciego’.

Los que somos responsables de negocios o empresas asistimos atónitos al cumplimiento de sus decretos. Ordenan cierres o confinamientos (es decir, arrestos domiciliarios) de un día para otro; en la creencia de que la estructura empresarial y el cuerpo social lo aguantan todo. Y se equivocan. El engranaje social no funciona a tirones; es cierto que mantiene una inercia, pero lo están gripando. Y se va a parar. Cuando eso ocurra veremos miseria y pobreza (de la de verdad). Y de ahí a la revuelta social, solo hay un paso. 

La pobreza que viene
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