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Juventud, divino incordio

Hace ya muchos años yo también pasé por ese desarreglo o arrechucho; y todas mis energías, ansiedades y motivaciones se canalizaban bien a través de la pulsión sexual, bien a través del tesón y empeño en superar aquellos estudios que permitían el ascenso en la “escala social”. En esta última faceta, la colaboración e influencia de la familia suele ser determinante, por lo que, en nuestras sociedades, sin necesidad de tener reconocido un régimen de “castas”, el linaje o la alcurnia son casi definitorios de nuestro futuro en el engranaje social. El mérito, si entendemos por tal virtud, la capacidad de aprender e incorporar conocimientos y experiencias para su posterior ejercicio profesional y desarrollo personal, queda en nuestro sistema educativo relegado a asistir a clases o prédicas regladas en donde la capacidad memorística, y no la de discernimiento, es lo esencial.

Los que hemos pasado por la universidad, si somos sinceros, constatamos la irrelevancia y superficialidad de la mayoría de las asignaturas impartidas por profesores o catedráticos –con frecuencia- ajenos a la vocación de enseñantes pero bien acomodados en “su plaza en propiedad”. Las antiguas y venerables comunidades de maestros y estudiantes han degenerado en expendedurías de títulos que, subestimando la sabiduría y el conocimiento, acogen a una juventud ociosa y pudiente mas aficionada a la juerga y a la huelga que al estudio y a la capacitación.

Hace ya muchos años (siglos) que se ha abandonado el aprendizaje, el amaestramiento; quizás, por la falta de maestros, sustituidos por enseñantes o profesores bien dispuestos, en  su tarea burocratizada, a propagar un saber reglamentado y autorizado. Jamás hemos tenido tantos universitarios y, sin embargo, la mansedumbre y el adocenamiento de los pueblos es incuestionable. El criterio y el libre juicio se han sustituido por el confort que proporciona el saberse parte integrante de la mayoría.

Pero, todo tiene su tiempo, y, con el paso de los años, aquellos que no han abandonado su raciocinio al conformismo de la moda o de las rutinas sociales, a veces, encuentran tiempo para, volver la vista atrás, repasar su existencia y pasmarse ante lo superficial y baladí de sus afanes y desvelos juveniles: ni el sexo era para tanto, ni los títulos, premios y honores eran siempre merecidos, ni las leyes y normas sociales encarnaban invariablemente la justicia y el bien social. La complejidad y la contradicción se desvelan ante nuestros ojos, mostrándonos un mundo más incoherente, una realidad más confusa, en donde ni las verdades son tan evidentes, ni las conductas incuestionables.

Entramos en esa edad en donde el sosiego, la serenidad y un cierto estoicismo nos permiten ver y juzgar a las personas y sus comportamientos con mayor clarividencia. Percibimos que la diferencia entre el héroe y el temerario no siempre es bien precisa. A veces depende de la suerte, o del narrador de la historia. De la misma forma que el cobarde, en ocasiones, simplemente valora con más juicio las posibles consecuencias de su arrojo o atrevimiento. El valiente se deja llevar.

Y todas esas disyuntivas, paradojas y vivencias van conformando el entendimiento de la persona. Pero se necesita reflexión y años de vida. Después, algunos, no todos, se aproximan a la sabiduría; o la alcanzan. Pero ya han dejado atrás la juventud y su ímpetu. Desdichadamente en los tiempos que nos han tocado vivir, esas personas, viejas, mesuradas y, a veces, sabias son relegadas y excluidas de aquellos puestos con mayor responsabilidad. Y en España con mayor ahínco. La inmensa mayoría de nuestros gobernantes no superan la cincuentena y algunos, barbilampiños e imberbes, adoctrinan y dogmatizan con tanta fe y convicción que tal parece que hubiesen vivido siete vidas.

Es la petulancia del bisoño que docto en cuatro teorías mal aprendidas pontifica sobre un feliz nuevo advenimiento (naturalmente liderado por él) que erradicará la desigualdad, la pobreza y la injusticia. Ningún viejo, curtido por la experiencia y la vida, pregonaría tal desatino, porque saben de las flaquezas de la  condición humana y la veteranía los ha doctorado en mundología.

En fin, dicen que cada edad tiene su atractivo, y debe de ser cierto; pero esta mitificación de la juventud en lo que se refiere a la gobernanza de los pueblos está equivocada. Yo prefiero a los profetas, casi todos viejos, que a los mesías, siempre jóvenes.

Juventud, divino incordio
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