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Enfermos, pacientes y dolientes

LA VIDA, que no es tonta, desde que se enraíza en nuestro ser nos va advirtiendo  con variadas alertas y señales de que nuestro paso por este mundo es efímero y, en bastantes casos, desventurado. Pero el proceso de socialización de la especie humana se empecina en olvidar o relegar tal evidencia con el fin de ‘entretener’ la existencia de cada individuo en la procura de metas u objetivos que cada uno considera esenciales o necesarios para su subsistencia o su reconocimiento social. Y no es para tanto.

Los principios y procesos básicos de la vida son bastante comunes para todas las especies. Incluida la humana. Lo que nos diferencia a nosotros es nuestra capacidad de idealizar y sofisticar situaciones y procesos vitales elementales causados por los aminoácidos, el ADN, los virus y las bacterias, de tal forma que, en nuestra soberbia, llegamos a creernos ‘los reyes de la creación’ o ‘los dueños de nuestras vidas’. Por eso, este ‘bofetón de realidad’ que nos está ocasionando la pandemia vuelve a ubicar las cosas en su sitio para los que quieran verlo y tengan la suficiente capacidad de discernimiento. La naturaleza impone sus reglas y resitúa a la persona en el reino animal del que proviene, arrinconando su jactancia y su prepotencia, y dejando un reguero de muerte, impotencia y enfermedad física. 

Pero, en este artículo, querría referirme a aquellos otros aquejados (multitud) que también son enfermos, pero ‘enfermos del poder’, o ‘del dinero’, o ‘del trabajo’, y malbaratan sus vidas convencidos de que su ocupación es indispensable o fundamental, sino para la pervivencia de la especie, sí para el devenir de su comunidad. Y, en algunos casos, es cierto, son individuos que analizan con criterio la realidad y facilitan la existencia de sus congéneres. Pero son la minoría. La mayoría se esfuerzan y batallan buscando el ‘reconocimiento social’, ‘pasar a la historia’ o el lujo y la opulencia material (propia y de su familia). Vanas ilusiones, porque ‘los ricos también lloran’ y quién se acuerda hoy de Gengis Kan o de Chindasvinto. 

Este bofetón de realidad que nos está ocasionando la pandemia vuelve a ubicar las cosas en su sitio" 

Ellos, sin embargo, no lo ven así, y no saben valorar ni disfrutar la frugalidad ni las pequeñas vivencias y experiencias con que la vida nos obsequia a todos. Viven a toda velocidad, cabalgando la ansiedad, sometidos al síndrome de hybris; y arrastran y pervierten al resto de la sociedad. Y así surgen los ‘pacientes’, que son (somos) la ciudadanía en general. 

Provistos de una paciencia casi ilimitada, circulamos por la vida obedeciendo las normas y consignas de los ejercientes (¿enfermos?) del poder que, en ocasiones, padecen síntomas severos y, aún a pesar de su incompetencia o ineptitud, se perpetúan en su puesto de mando. Cierto es que en algunas comunidades o estados gustan de llamar a sus ansias de poderío ‘servicio público’; por lo que, en aras de la corrección política, someten su cargo, periódicamente, a consulta popular. Para desgracia de los ‘pacientes’, a ese tipo de elecciones no suelen presentarse ciudadanos normales o ejemplares. 

El proceso de selección implica tal nivel de exposición pública, disimulo, diplomacia, ‘conchabeo’ y amiguismo que, habitualmente, solo concurren ‘enfermos del poder’. Es, pues, poco probable que gobiernen con buen tino, ponderación y en beneficio de la mayoría ‘paciente’. Su objetivo prioritario es monopolizar el ejercicio del poder, en sus manos o en las de su clan, camarilla o grupo. Nunca reconocen errores, porque eso significaría su dimisión. Y por más que la realidad, las estadísticas y el confort o nivel de vida de su comunidad se deterioren, ellos nunca se sienten culpables, ni tan siquiera responsables. Mienten, se contradicen y manipulan el lenguaje en función de sus intereses; pero el ‘paciente’, quizás por no rebajarse a su nivel de deterioro vital, los tolera y, en ocasiones, les aplaude.

En el Tercer mundo cuando les hablan de la vacuna del covid, encogen los hombros dando a entender que lo que ellos tienen es hambre"

Finalmente también debemos referirnos a los ‘dolientes’. Estos seres desventurados tal parece que no existieran. Raramente son noticia aunque mueran por miles y su vida se reduzca a sacrificio y esfuerzo. Generalmente viven (o subsisten) en lo que denominamos Tercer Mundo, es decir, la mayor parte de la Tierra. Y, como nosotros, también son de la raza humana. Ellos sí están familiarizados con la desgracia, la enfermedad y la muerte. Conviven con ellas. Y si pretenden esquivarlas buscándose la vida en nuestro ‘balneario occidental’, procuramos que mueran en el intento, no vaya a ser que cunda el ejemplo y ‘deterioren nuestra calidad de vida’.  

Sus contagios no cuentan, porque llevan infectándose toda la vida (paludismo, fiebre amarilla, dengue), y cuando les hablan de la vacuna del Covid, encogen los hombros dando a entender que lo que ellos tienen es hambre. Y no solo de pan. También de justicia. Los observadores y perspicaces, si se fijan, podrán encontrar una variante de esta categoría por nuestras aldeas y arrabales: su ambición es muy limitada, sus estudios escasos, su nivel de protesta y reivindicación, nulo; y su grado de oprobio y abandono por los organismos públicos, máximo.

Aunque los tres adjetivos del titular de este artículo puedan parecer sinónimos, he preferido utilizarlos como sustantivos y darles un significado poco habitual. Simplemente para que cada uno se sitúe en donde le corresponda.

Enfermos, pacientes y dolientes
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