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El culto a la estupidez

Defiende la inmensa mayoría de los «cultos y/o estudiados» del planeta que la estupidez es patrimonio de «los otros». No es verdad. Es un mal que en mayor o menor medida afecta a toda la especie humana, infectando nuestra capacidad de raciocinio y pervirtiendo nuestras pautas de comportamiento social. Sirvan dos acontecimientos de la actualidad mas vigente para convencernos de lo aseverado:

Desde principios de año una pandemia asola el planeta. Sin ser la más mortífera ni la más repulsiva de las muchas plagas a las que hemos sobrevivido como especie, sí es la que ha aprovechado el progreso viajero para expandirse globalmente con gran rapidez. Y también, gracias a internet y a la intercomunicación casi inmediata, la infección de la que más patrañas y simplezas se han dicho. No se sabe si para tranquilizar o atemorizar a la ciudadanía. Depende de quien se explique y del día en que se pronuncie.

Son, sin embargo, los gobernantes los que tienen la prerrogativa de disponer de los medios y ordenanzas que palíen en lo posible la calamidad y desdicha que la enfermedad propaga. Y aquí radica el problema: los gobernantes suelen ser los políticos, y, en las democracias, se eligen por mayorías censitarias. Por eso, para convencer y atraer al electorado, todos ofrecen bicocas y paraísos inalcanzables. El pueblo, aún sabedor de tales dislates irrealizables, acude a votarles. Y así se cierra un círculo perverso: los gobernantes maleducan y embaucan a un pueblo que a su vez elige, como consecuencia, a malos gobernantes.

Pero, si contasen la verdad y gobernasen para el medio plazo, ¿serían elegidos? Probablemente no. Por eso no debemos sorprendernos ante el nivel de ocurrencias o estupideces con que nos hostigan cada día, prometiéndonos un futuro esperanzador y ocultando o enmascarando, casi siempre, la trágica realidad; que no es otra, en este caso, que, como el resto de las epidemias que en el mundo han sido, allí por donde pasan ocasionan muerte y desolación.

En España, reinó (y reina como emérito) Juan Carlos I. Por lo que se dice, su vida privada, ni en el aspecto sentimental ni en el pecuniario, era ejemplar. Y hace muchos años que se sabía

Lo correcto sería explicar a la ciudadanía que durante varios años hemos de acostumbrarnos a convivir con la epidemia, y que el coste de un confinamiento (único paliativo conocido hasta ahora) es inasumible para una población acostumbrada a un grato «estado del bienestar». Y, también, respetar a los muertos, confortar a los enfermos y ayudar —que lo van a necesitar— a los vivos.

Pero tanto la sociedad como sus autoridades, pretenden abarcarlo todo: que haya consumo y que se mantenga la «distancia social», que haya turismo y que no se propague la infección, que nos «almacenen» a los viejos en residencias multitudinarias, pero, eso sí, libres de contaminación. Y, claro, no es posible. Y lo saben. Y lo sabemos. Pero todos preferimos distraernos o contentarnos organizando ridículos pasillos de aplausos a los enfermos, vacuos homenajes a los muertos o falsas mitificaciones profesionales de los sanitarios que, a pesar de presumir de comportarse como una de las mejores sanidades del mundo, arroja uno de los peores resultados en prevención y cura.

Nuestra tierra, Galicia, fue de los primeros reinos de Europa bajo el caudillaje de Hermerico. Pero desde entonces las sociedades han avanzado y progresado en su forma de relacionarse y de conformar sus vidas. Y, sobre todo, a partir de la Ilustración la capacidad de raciocinio del ser humano cobró gran importancia, gracias a la cual, las atrocidades religiosas o el poder omnímodo de los monarcas, tuvieron que rebajar su represión y acomodarse a formas de gobierno más sutiles.

Hasta llegar a nuestros días, en donde la forma hereditaria del poder es un atavismo que debería estar proscrito en sociedades que valoren el mérito y el esfuerzo por encima del linaje, y en las que las capacidades y habilidades del individuo deberían ser los únicos baremos para ascender en la escala social. Solo se podría justificar tal injusticia y privilegio (y con muchos reparos) si la ejemplaridad y buen hacer de una dinastía contribuyese a procurar paz y unidad al pueblo que pretende representar.

En España, reinó (y reina como emérito) Juan Carlos I. Por lo que se dice, su vida privada, ni en el aspecto sentimental ni en el pecuniario, era ejemplar. Y hace muchos años que se sabía. Sobre todo, los políticos y gobernantes que compartían con él tareas de gobierno o jornadas de cacería. Pero al pueblo siempre se le transmitió la imagen de un soberano austero, virtuoso e íntegro. 

Ahora, por sus desatinos, el emérito campa a la intemperie, y las clases dirigentes que sabían y encubrían sus desafueros tratan de preservar la continuidad de la institución en su hijo, que también es presentado como un dechado de virtudes, ajeno a cualquier tejemaneje. Dicen, también, que es listo y desenvuelto, por lo que su nivel de inopia con respecto a los asuntos familiares (incluidos los de sus cuñados) es difícilmente digerible.
Quizás, en ambos casos, convenga mirar hacia otro lado, pues como decía Ignacio de Loyola «en tiempos de tribulación, no conviene hacer mudanza». Pero por mucho que se disimule o se enmascare, la realidad es obstinada y cuanto mas seamos conscientes de ella, menos sorpresas y desengaños asumiremos en nuestras vidas.

Sin embargo, tal vez se viva mejor no cuestionando el grado de estupidez necesario para vivir en comunidad.

El culto a la estupidez
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