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Trampantojo de calorías

Era un día de verano, como otro cualquiera del mes de agosto. Me encontraba en el negocio familiar, fundado allá por 1967 —sí ya va milagrosamente por la tercera generación— cuando una señora me preguntó amablemente: "¿Cuántas calorías tiene esta galleta?".

Si me llegan a ver en vivo y en directo, mi cara parecía sacada de un cómic manga, con esos ojos enormes, que un día descubrí allá por los ochenta por obra y gracia de Candy Candy.

Perpleja, me dirigí a ella, intentando disimular mi gran estupor: "¿El paquete?". Y me contestó: "No, cada galleta". No me quedó más remedio que confesarle que lo desconocía por completo.

Nunca me hubiese imaginado que se pudiese llegar a ese extremo de control de calorías, pero quizá por eso yo estoy gordita y ella estaba hecha una sílfide. Como la Preysler, más o menos.

Desde entonces, no me he vuelto a ver en una igual pese a que vivo rodeada de gente obsesionada por su físico. No se crean que yo no, porque los nueve kilos que me he agenciado a costa de dejar de fumar los miro cada día a cara de perro. Sí, se engorda, no es un mito. Lamento comunicarlo. 

Pero pensándolo bien, quizás la excepción a la norma sea yo. Debo recapacitar sobre ello. Mientras tanto, en vez de ponerme a dieta, voy a seguir disfrutando de la gastronomía patria (y foránea) cada fin de semana, o casi. A ser posible en restaurantes chachis, porque una tiene gustos de pija. Quién me lo iba a decir a mí, una working class de nacimiento. 
Pero hasta eso se aprende.

Todavía me ruborizo al recordar mi hazaña en el Árbore da Veira, cuando en una entrega de premios, ante un trampantojo —parecía una cereza, pero no lo era—, decidí que tenía el tamaño perfecto para un bocado. Y erré.

¿Se acuerdan de la famosa escena de los caracoles en ‘Pretty Woman’? Pues, algo así. Momento trágame tierra. No fue el último, pero esa es otra historia.

Trampantojo de calorías
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