Opinión

Pereza seriéfila

SIEMPRE VOY con efecto retardado. Nunca tengo prisa por estar, ni ir, a la última. Eso significa que voy a destiempo, y eso se traduce en que no siento la urgencia por tener el último móvil —me verán con un iPhone cuando me lo regalen—, o ver la serie del momento nada más estrenarse.

Mi pereza tecnológica llega a tal extremo que me aboné a la primera plataforma hace justo un año y la culpa la tuvo Juego de tronos. Sí, sí, y no crean que no tiene mérito, porque estuve durante tres años sin saber el final, ni nada del argumento salvo lo esencial de la serie que empezó a emitirse en 2011. 

Una década después, y convencidísima de que me iba a gustar,  cogí los 73 capítulos por banda, y a toda popa enfilé las ocho temporadas. ¿Lo mejor? No tener que esperar dos años por el estreno de cada nueva temporada.

Simplemente, me levantaba —solía verlos por la mañana temprano y los fines de semana—, y los dosificaba. No quería que terminase, porque sabía que el día que eso sucediese me iba a sentir huérfana. Y así fue.

Era perfectamente consciente de que iba a tardar tiempo en encontrar una historia que me subyugase como lo hizo esta con un guion que bien podría haber firmado Shakespeare, con la ayuda inestimable de Maquiavelo.

La fascinación por los Lannister o Stark permanece incólume, pero son los Targaryen los que han vuelto a través de La casa del dragón, que por supuesto no he visto. Llegará, lo sé, el momento idóneo. Hasta entonces esperaré.

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