Opinión

La insoportable maldad

ME IMAGINO la maldad fea, desagradable, nauseabunda, perfectamente reconocible, pero a veces viene camuflada en caras angelicales. Crees poder detectar a simple vista la vileza que anida en el corazón y la mente de los que te rodean. Y estás equivocada.

Es cierto que algunos —la maldad existe en la misma medida que existe la bondad— lo llevan escrito en la cara, en su ropa, en su actitud, hasta en sus andares. Pero los peores son esos seres humanos viles y engañosos que esconden su depravación detrás de un rostro normal, de buena gente, de no haber roto un plato en su vida. Y nunca has estado tan en peligro en tu vida, que cuando lo tuviste a un palmo. 

Son esos rostros de los que jamás desconfiarías, que no te harían girar la cabeza en mitad de una calle desierta por la noche, que no despertarían tu instinto de alerta, por el mero hecho de no verte en peligro. ¡Y estamos tan equivocados!

La crónica negra de España, y del resto del mundo, está repleta de casos en los que los monstruos se agazapan bajo una apariencia inofensiva, de una persona educada, que situaríamos en las antípodas de la maldad. Como el argentino Alfredo Astiz, uno de los principales torturadores de la dictadura, al que bautizaron como El Ángel Rubio o el Ángel de la Muerte. Un hombre muy guapo, de ojos azules, angelical —de ahí el apodo— y también un vil asesino.

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