Opinión

Extraordinario azar

A VECES te ocurren cosas extraordinarias, que no valoras en su justa medida. No crees que sean mérito tuyo, simplemente el caprichoso azar te hace regalos inesperados.

Uno de los que guardo con más cariño fue el encuentro con José Luis Sampedro, el Papá Noel de la literatura o el abuelo de Heidi, a los que su físico me remitía. Daban ganas de achucharlo. O por lo menos, yo así lo recuerdo.

Era yo un proyecto de periodista, estudiaba en la Complutense en Madrid y tendría 20 años raspados. Había decidido presentarme a un concurso de la revista Elle, que pedía a sus lectores una crítica sobre un libro. Ni lo pensé —llámenlo osadía, y no se equivocarán—, pero me lancé sin pensarlo.

Escogí El invierno en Lisboa, de Antonio Muñoz Molina, y tras leerlo, establecí un paralelismo entre su historia y la película Casablanca. No debí errar, porque  resultó seleccionada. ¡Increíble!

No hubo premio en metálico, pero me esperaba una cena en un restaurante de la Castellana, donde la revista había reunido a autores como Clara Janés a José Luis Sampedro. No era una experta en la obra de este último, pero había leído La sonrisa etrusca —que recomiendo encarecidamente—. Es tierna, divertida, y triste. Todo en uno.

Me tocó Sampedro justo al lado. Pese a mi famosa (o insufrible) locuacidad, esa noche padecí un ataque de muditis. Me sentía insignificante rodeada de esos escritores que tanto admiraba, pero recuerdo perfectamente la afabilidad de Sampedro, al que ni corta ni perezosa pedí el teléfono para una futura entrevista.

Nunca hubo tal , y viva Dios que ahora lo siento (y mucho), pero me faltaba rodaje y confianza. Aun así, y sin él saberlo, me dejó un recuerdo entrañable.

Fue uno de esos momentos extraordinarios, únicos y escasos, que con 20 años piensas que son el preludio normal en una bonita profesión, el periodismo. Y lo es, jodidamente bella.

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