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Pacto de perdedores

SON LAS CARAS de los responsables políticos las que reflejan la verdad de los resultados electorales. Si hacemos caso sólo de las palabras, el escrutinio de las urnas deja casi siempre a un montón de ganadores y a muy pocos perdedores. Hay muchas formas de derrota y casi todas difíciles de asumir. Cuando el recuento de las papeletas pone a cada uno en su sitio, el propio ambiente que se vive en la sede de los partidos revela el verdadero estado de ánimo del personal. Da igual la fachada, la procesión va por dentro. Y se nota. Con nuestro actual sistema de democracia representativa, ser la lista más votada no implica necesariamente la posibilidad de formar gobierno. Sólo las mayorías absolutas. Los ciudadanos elegimos a los concejales. Son ellos, las personas en las que los electores hemos depositado nuestra confianza, los que tienen el poder delegado para escoger a los alcaldes y designar a los diputados provinciales. Así son las reglas del juego.

Cada uno puede hacer la interpretación que más le convenga de los resultados electorales. Es lícito. Nadie en su sano juicio deja sangrar una herida abierta. Lo normal, lo razonable, es intentar suturarla. Cuestión distinta es que se pueda parar la hemorragia. No es tan justificable, en cambio, que se ponga constantemente en tela de juicio el propio sistema. Durante la difunta campaña de las elecciones locales, los dirigentes populares reiteraron hasta la saciedad que lo verdaderamente democrático es dejar que gobierne la lista más votada. También fueron repetidas, casi como una letanía, las alusiones a lo que ellos llaman ‘pacto de perdedores’, a la coalición de varios partidos para formar gobierno. Algo que permite y avala la ley electoral. La misma cuya reforma pudo abordar de una manera seria, con el correspondiente proyecto, el propio PP. A fin de cuentas, ha sido el partido que ha dirigido este país con una mayoría absolutísima durante casi cuatro años.

La coherencia no siempre guía la interpretación que se hace de los resultados electorales

Empecinarse en esa retórica carece de sentido, entre otras cosas porque no ha tenido el efecto deseado en la conciencia colectiva de los electores. Los votantes del PSdeG y del BNG saben perfectamente que, llegado el caso, ambos partidos pactarán para formar gobierno en los ayuntamientos y en las diputaciones. Así lo han venido haciendo en las últimas décadas. Además, los resultados electorales se pueden interpretar desde diferentes perspectivas. Si se tienen en cuenta sólo las siglas, los populares han sido los que más apoyo han recibido en esta provincia, con algo más del 39% de los votos. Sin embargo, si el análisis se plantea en clave de derecha o izquierda, sólo la suma de socialistas y nacionalistas supera el 45% de los votos.

En la ciudad de Lugo, la lista presentada por los populares ha sido la que más apoyo ha recibido. Por algo más de mil sufragios, ha superado a la que encabezaba el actual alcalde. En cualquier caso, ambos candidatos se han quedado muy lejos de la mayoría absoluta. El voto de la izquierda ha superado ampliamente al que suman Ciudadanos y el Partido Popular. Las cuatro fuerzas con representación en la corporación local agrupan a catorce concejales. Para gobernar es necesario que los socialistas encamen al menos con Lugonovo y el BNG, pero ambos exigen la cabeza de López Orozco para iniciar el cortejo.

Sucede que, colocado en esta tesitura, el actual regidor en funciones ha recurrido a una explicación muy parecida a la que utiliza su principal rival para atribuirse el derecho a formar gobierno. Si Castiñeira recuerda que su lista ha sido la más votada, Orozco defiende que la suya es la que más apoyo ha recibido por parte de los electores de izquierda. Lo dijo en la propia noche electoral. Más votantes que la suma de los otros tres partidos juntos.

Es curioso. Ese mismo argumento lo vino utilizando el presidente provincial del PP de Lugo durante los últimos cuatro años. Recordó en muchas ocasiones que los populares sumaban en la provincia más votos que socialistas y nacionalistas juntos. Por eso, Barreiro se refería al gobierno bipartito de la Diputación como un «pacto de perdedores».

A caballo ganador

Antes de las elecciones, la delegada de la Xunta, Raquel Arias, dio un paso al frente y se postuló, llegado el caso, para presidir la Diputación. Puso en una situación delicada a la que entonces era portavoz provincial y dentro de unos días será alcaldesa de Mondoñedo, Elena Candia. Seguro que ahora el puesto no tiene tantas novias. Todo lo contrario sucede en las filas socialistas. Antes de los comicios, nadie dijo ni mu. Pasada la romería, ya se habla de al menos tres aspirantes. Ya se sabe, es más fácil apuntarse a caballo ganador.

Pacto de perdedores
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