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UNA DE LAS COSAS que me enseñó mi difunto padre es que es importante saber el sitio que cada uno ocupa en la vida. Todos tenemos nuestras responsabilidades y la forma que tenemos de asumirlas y de hacerles frente nos define como personas, pero también como padres, como hijos, como hermanos, como jefes o como empleados. Lo mismo sucede con el ejercicio de la actividad política. Aquellos individuos que elegimos para velar por nuestros intereses y ocuparse de administrar el dinero que ponemos en sus manos también deberían tener muy presente cuál es su lugar y lo que se espera de ellos. Puede parecer una obviedad, pero a tenor de lo que cada día vemos, escuchamos o leemos el asunto no está tan claro, al menos para algunos. No es lo mismo formar parte de un gobierno que asumir las funciones de oposición. Tampoco es igual el cometido de un puesto órganico dentro de cualquier partido que la función que tienen la obligación de desempeñar aquellos que ocupan un cargo público. A veces las cosas se confunden y la línea, cuyo trazado debería ser perfectamente visible entre las sedes de las organizaciones y la de las propias instituciones, acaba por difuminarse. La principal diferencia radica en la propia representación que ejerce cada uno. Mientras unos representan a los militantes de su formación, otros tienen el deber de hablar y de escuchar por todos. El matiz no es intrascendente.

En plena campaña electoral, a solo unos días de las segundas elecciones generales en lo que llevamos de año, el gobierno local de Lugo tomó la decisión de difundir imágenes sobre el mal estado de conservación en el que se encuentra el cuartel de San Fernando, declarado Bien de Interés Cultural. Además, la alcaldesa anunció su intención de realizar una especie de visitas guiadas para que la ciudadanía conozca de primera mano el estado en el que se encuentra el inmueble, como una manera de presionar a la Xunta para que asuma la reforma integral del mismo. Aseguró que la motivación de tan pintoresca medida no era buscar la confrontación con el gobierno gallego, que casualmente es del Partido Popular. Mira tú.

La respuesta tardó apenas unas horas.

Balseiro le recordó que el edificio es propiedad del Ayuntamiento. También mencionó que tiene poco sentido reclamar la construcción de un nuevo museo, cuando el MIHL, que costó diez millones, es hoy un cascarón prácticamente vacío cuyo mantenimiento nos cuesta al año cientos de miles de euros. Desde su grupo municipal, los populares también se ofrecieron para hacer "un tour" por todas las propiedades municipales que están en estos momentos abandonadas o en un estado manifiestamente mejorable. En su caso, tampoco para montar lío. Simplemente para que los ciudadanos tengan presente como está el patrimonio municipal. Todo muy blanco y bienintencionado. Así da gusto.

Estas cosas suceden cuando se confunden las sedes de los partidos con las de las instituciones. Más allá de lo legítima que pueda ser la reivindicación de una solución para el cuartel de San Fernando, meterle un dedo en el ojo a la administración que gobierna otro partido en plena campaña de unas elecciones y en precampaña de otras no parece la mejor forma de buscar la concordia. Hace tiempo que la política perdió la inocencia. Para los ciudadanos es mucho más rentable que las administraciones, cuyo presupuesto sale de su bolsillo, se entiendan. Que cada uno asuma la función que le han encargado los ciudadanos y no pierda nunca de vista el sitio que ocupa.

En tiempos revueltos, son más útiles quienes apagan fuegos que aquellos que arrojan gasolina a las llamas. Al final, nos quemamos todos.

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