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El concejal de la Felicidad

Rubén Arroxo y Lara Méndez. AEP
Rubén Arroxo y Lara Méndez. AEP

ES PROBABLEMENTE en este momento, superadas unas elecciones, cuando más al descubierto quedan las cloacas de la política. Sucede cuando los votos no llegan para formar gobiernos con mayoría absoluta y las organizaciones tienen que entenderse para llegar a mandar. No les queda más remedio que buscar acuerdos para repartirse la tarta de las instituciones. Quedan expuestas entonces todas las miserias de una actividad que se presume noble por la vocación de servicio público que debería acompañar a aquellos que la ejercen. Ante determinadas circunstancias, la voluntad de los ciudadanos se retuerce. Las papeletas que entraron en las urnas ya no son de papel. Son revestidas con una aleación metálica que lo resiste todo. Un material que se hace dúctil y maleable para ensortijar hasta lo inimaginable la voluntad popular. Se trata de tocar poder. De tenerlo y de ejercerlo. Y de hacerlo, además, con el supuesto beneplácito de un pueblo que traga y traga, casi hasta convertirse en el tonto útil de un grupo de individuos que cortan el bacalao a su antojo. Lo dijo el nuevo alcalde de Ourense. Pérez Jácome aseguró que pactaría con "el demonio" si fuese necesario. Casi nadie habla tan claro. No sé si tanto, pero al final llegó a un acuerdo con su enemigo íntimo. Acabó por encamar con aquel al que llamó "loco" y "psicópata de corbata". Y el otro encantado. Pelillos a la mar.

Resulta difícil seguir el hilo de los acontecimientos sin perderse entre la maraña de contradicciones que rodean a algunas alianzas. Se habla a conveniencia de los "pactos de perdedores", pero todas las organizaciones tratan de hacerse con el poder si se les presenta la ocasión, incluso aunque las posibilidades sean mínimas, el entendimiento entre hipotéticos socios pobre y incierto el futuro de las coaliciones. Se lanza una moneda al aire y se contiene la respiración. Son los ciudadanos los que siempre pagan la factura. Salga bien o mal el negocio. Llegado el momento, son muy pocos los que renuncian a gobernar, aunque para ello tengan que retozar con sus demonios particulares. La coherencia y la lealtad a unos principios no cotizan al alza. Lo de exigir que gobierne la lista más votada no es más que puro postureo donde no dan los números.

No hubo el pasado sábado en nuestra provincia demasiadas sorpresas. Afortunadamente, no asistimos a juegos de equilibrio, en algunos casos vergonzantes, como los que estamos viendo en otras latitudes. Hubo tensión en algunos municipios y costó cerrar los acuerdos, pero al final imperó la lógica. Socialistas y nacionalistas son aliados naturales para establecer pactos de izquierda en los ayuntamientos y el Partido Popular acordó con Ciudadanos el gobierno de O Corgo. En A Fonsagrada, Argelio Fernández tuvo que ceder la alcaldía a su compañero Carlos López. De no hacerlo, nadie sabe lo que hubiese pasado. La edila nacionalista, María Xosefa Ortiz, había mantenido antes un encuentro «cordial» con «un grupo de vecinos» que iban en la candidatura popular. A veces, las relaciones personales en el ámbito local rompen los corsés políticos de las propias organizaciones.

En Lugo, socialistas y nacionalistas cumplieron el guión que ellos mismos habían escrito. Cerraron el pacto de gobierno antes del pleno de investidura. Esta semana tuvieron su primera riña de pareja. Nada grave. Arroxo dijo que iba a ser vicealcalde, cuando en el pacto se habló de que sería teniente de alcalde. En el fondo, el nombre da lo mismo. En el municipio pontevedrés de Oia han creado una concejalía de la Felicidad. Su misión es desarrollar proyectos para "hacer felices" a los vecinos. El concepto es difuso, pero de eso se trata.

El concejal de la Felicidad
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