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De reojo

En la vida política se ofrece colaboración y lealtad al tiempo que se mira de reojo al riva

EN LAS últimas semanas estuve haciendo prácticas para sacarme el carné de moto grande. Supongo que es la crisis de los cuarenta. Si hasta ahora me había ido arreglando con una máquina de menor cilindrada, seguramente no tiene demasiado sentido que, veintiocho años después de subirme por primera vez a un ciclomotor, me haya dejado llevar por semejante apetencia. O sí. No sé. Sucede que en la prueba de circuito se me atraganta de forma especial el paso por un carril bastante estrecho. Jose, el profesor de la autoescuela, me insiste en que tengo que mirar hacia el frente y no estar tan pendiente de las marcas pintadas sobre el asfalto. Me pone como ejemplo la circulación por una autovía. El coche no se sale de la vía a pesar de que los De reojo conductores no estamos fijándonos de forma permanente en las líneas que delimitan la calzada. Mi suegra intentó ayudarme con papel y lápiz. Si queremos trazar una línea recta, basta con dibujar dos puntos, situar el lápiz en el primero y fijar la mirada en el segundo. La mano llega sola a la meta. Así de fácil. Aparentemente sencillo. Aun así, me cuesta no mirar de reojo las señales longitudinales antes de ponerme a negociar con los pivotes.

Creo que en política sucede algo parecido. Aquellos que están en primera línea y aquellos otros que aspiran a estarlo algún día, no dejan de mirar de reojo a quienes tienen a su lado. A los rivales de otros partidos, por supuesto, pero seguramente también a sus compañeros de filas. Es sabido que a veces las ambiciones personales en ese ámbito pueden chocar antes con los anhelos de aquellos que están más cerca. El primer paso para ganar unas elecciones es que tu organización te elija como candidato. Llegar a un cargo público supone dejar en el camino a la competencia, a veces después de una lucha feroz, tanto dentro como fuera de la casa política de cada uno. Los puestos son escasos y los aspirantes normalmente numerosos. No es extraño, por lo tanto, que aquellos que están empeñados en prosperar en el ejercicio de tan noble oficio miren con el rabillo del ojo a sus competidores, presentes y futuros. Hombre o mujer precavidos, valen por dos.

Tengo la impresión de que hace ya algún tiempo que los dos socios del gobierno municipal bipartito se miran de reojo. Se aprecia en detalles, en presencias y ausencias, incluso en el uso de las palabras. Cada uno trata de marcar, aunque sea de forma sutil, su territorio. Ahora bien, en público, al menos de momento, mantienen de una manera aceptable las formas. Supongo que tienen la lección aprendida de experiencias pasadas. Saben que a la gente, a los sufridos administrados, no le gustan los líos. Puede haber desavenencias o discrepancias de criterio, pero las asperezas se liman de puertas hacia dentro. Lo contrario se penaliza en las urnas. Personalmente, no tengo nada en contra de los gobiernos de coalición, siempre que funcionen bien y presten un servicio adecuado a los ciudadanos. Una mayoría absoluta monocolor no tiene por qué ser necesariamente mejor. Discrepo de esa etiqueta que los califica de forma peyorativa e interesada como «pactos de perdedores». A fin de cuentas, la política también es eso. La capacidad de llegar a acuerdos con personas que no piensan como tú por el bien común. A lo mejor hasta es bueno para los intereses de la gente que los socios en el poder se miren de reojo. Que se fiscalicen mutuamente y que su propia actividad incentive también a moverse al de al lado. Que exista cierta competencia por hacerlo bien. Por hacerlo mejor. Que unos tiren por otros.

En todo caso, tienen que tener clara la lección que me ha inculcado mi profesor de autoescuela. Si no fijan la mirada al frente y avanzan con decisión, acabarán por salirse del carril y, consecuentemente, suspenderán.

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