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Buenas obras

Pienso que soy un poco manazas. No creo que sea por falta de habilidades. Supongo que no soy más torpe que otras personas que consiguen mejores resultados cuando se ponen a reparar, instalar o montar algo. Al final, normalmente, consigo hacer aquello en lo que pongo interés, pero a veces después de superar dificultades que son provocadas por mi propia forma de hacer las cosas. Soy demasiado impulsivo. Acelerado, en opinión de aquellos que me conocen un poco. Tengo que reconocer que mi paso es de marcha larga. Quiero acabar cuanto antes lo que tengo entre manos. La paciencia no es una de mis virtudes. Puede que la impaciencia sea, en realidad, uno de mis grandes y numerosos defectos. Admiro, de hecho, a esos individuos que son capaces de actuar con sosiego y con serenidad. Esos semejantes que hacen de la propia calma una herramienta de trabajo. No tengo duda de que, si además son rigurosos y minuciosos en su forma de proceder, su actitud puede contribuir de una manera decisiva a llevar a buen puerto aquello que se propongan. Por otra parte, también es probable que vivan más años. Lo cual, por cierto, debería hacernos reflexionar.

Sin embargo, dando todo eso por cierto, creo que vivimos en una sociedad que no premia, al menos no como norma general, esa necesaria paciencia. Quizás no sea más que una percepción personal, pero tengo la impresión de que todo se mueve demasiado rápido. De que todo es excesivamente volátil y de que la realidad cambia a una velocidad que a veces es difícil de asimilar. Es como si mucha gente, no sé si toda, caminase por los senderos de su vida con una cadencia incómoda, a un ritmo mucho más elevado del que le gustaría o incluso del que puede soportar. Como si estuviese fuera de punto de forma permanente. Nos pasamos el día corriendo, física o intelectualmente. A veces, todo hay que decirlo, sin tener muy claro dónde queda la línea de meta. Sería bueno pararse un momento a pensar, pero no siempre hay tiempo para hacerlo. Si el pez se duerme, se lo lleva la corriente. O eso dicen.

Es posible que ese ritmo vital sea también la causa de que todo sea hoy algo más efímero. De que todo caduque un poco antes. Es más fácil sustituir que reparar. Construir que rehabilitar. Sucede, sin embargo, que no siempre mejoramos con el cambio. No al menos si hablamos de una ciudad como la nuestra. Sin duda, puede ser tentador para aquellos que tienen la responsabilidad de tomar decisiones importantes recurrir a la búsqueda de resultados más o menos inmediatos. La ventaja de obtener beneficios rápidos, si hablamos del sector privado; o de presentar obras y actuaciones ante los ciudadanos que deciden el futuro político de las instituciones con su voto, si nos centramos en las administraciones públicas. Por eso es conveniente tener al frente del barco a personas con paciencia. A gente que piense a medio plazo y que tenga altura de miras a la hora de fijar el rumbo. No debe confundirse en todo caso con indolencia.

El Ayuntamiento le ha concedido licencia a la Diócesis para convertir uno de los edificios singulares de Lugo, el Pazo de Velarde, cuya imponente presencia destaca en la Praza de Santo Domingo, en un centro diocesano y en casa de misericordia. Rehabilitar este tipo de inmuebles es sin lugar a dudas una apuesta de futuro. Como lo fue en su día transformar una vieja cárcel en un lugar dedicado a la cultura. No son pocos los inmuebles que esperan turno en esta ciudad nuestra, donde hay calles e incluso barrios enteros que se han ido vaciando de gente. Personas que con su desaparición han dejado un montón de viviendas muertas en vida. El propio casco histórico es una víctima más de esta especie de distrofia que va secando partes muy sensibles de la anatomía urbana.

El Pazo de Velarde estará dedicado a realizar buenas obras, pero seguro que también será una obra buena para la ciudad la propia rehabilitación del inmueble. No siempre lo son. Algunas son auténticas chapuzas. Ejemplos hirientes del feísmo de autor.

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