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12 muertos, 12

HAY ALGO peor, si cabe, que el espectáculo de la tortura y muerte de animales para salvaje solaz de ciertas muchedumbres: los argumentos que esgrimen los partidarios del sangriento aquelarre para justificarlo. Dichos partidarios, a quienes obviamente no les gustan los toros, pues de lo contrario no disfrutarían con la contemplación de su sufrimiento y su agonía, han propinado un verano más a la nación, con su demanda irracional de violencia enmascarada de estética o de tradición, materia sobrada para avergonzarse. A la inaceptable y recurrente cosecha de miles de bóvidos asesinados en plazas, calles y corralones, ora con sumisión al reglamento que establece en los cosos el orden y la graduación de las sevicias a que se somete al astado, ora a lo bestia con lanzas y navajas, ora por inmersión, por quemaduras o por agotamiento, se añade este año la de doce seres humanos, doce, corneados mortalmente por animales despavoridos, la cifra más alta de muertes inútiles, absurdas, de las últimas décadas, y ellopor no hablar de las sobrecogedoras heridas recibidas por otros tantos centenares, que dejarán a algunos de por vida en una silla de ruedas, y de las graves cogidas de toreros, novilleros, peones y maletillas. Todo es muerte. Todas son la misma muerte. Y es natural, aunque tardío, que una amplia mayoría de españoles se haya plantado activamente frente a esa locura, bien desde los colectivos de defensa de los animales y del decoro cívico, bien mediante su voto a partidos contrarios a seguir alimentando esa leyenda negra que, por desgracia, no es leyenda. A Canarias y a Catalunya, donde ya se desterraron esos espectáculos deprimentes, a menudo subvencionados con dinero público, puede sumarse pronto Galicia y, en breve, otras comunidades regidas por la sensatez y el afán de progreso. Se trata de una deriva imparable, por mucho que alguna puntual regresión, como la de San Sebastián con la presencia del exrey, recuerde que es largo y difícil el camino por hacer, tantos son los intereses que pugnan por mantener en sus términos más oscuros esa leyenda que no es leyenda, sino cruda y obscena realidad.

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