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Pedro y Sánchez

[CORTINA DE HUMO]

Queda poco de aquel Pedro Sánchez que un día conocimos, del canallita de Twitter que usaba mal el imperativo pero nos alegraba los fines de semana. "Ser malos", ordenaba el rebelde Pedro a la tropa, expulsado a las catacumbas de la política por el aparato de su propio partido y el establishment mediático. Y la tropa se cebaba con los barones de aquí y de allá a través las redes sociales, mientras él se reunía con la militancia de base en este o aquel pueblo de España. Su futuro político, si lo pensamos fríamente, llegó a depender de un cambio de aceite, de un par de neumáticos en mal estado, incluso de saltarse un Stop, pero aquel Peugeot 405 aguantó el envite y hoy Pedro ya es solo Sánchez: el presidente en funciones y candidato socialista que suspende mítines por un fallo de presurización en su vuelo privado.

La vida te cambia mucho cuando viajas en jet privado. Aquellos que te negaban el pan y la sal -"solo con Susana Díaz puede tener el PSOE un proyecto sólido y serio", decía una de la voces más destacadas del socialismo gallego por aquel entonces- ahora se hacen selfies poniéndote morritos, como si de una estrella del rock te trataras. Y hasta las convicciones mudan a golpe de encuesta: de aquel "Catalunya es una nación y España una nación de naciones" al actual juego del escondite inglés con el federalismo y la reforma constitucional. Por cambiar, a Sánchez le han cambiado hasta los enemigos políticos: tan jóvenes, tan guapos y tan audaces como él.

El más peligroso de todos es, sin duda alguna, Pablo Casado. En parte, porque ha pasado por una situación similar, consciente de que sus propios aliados le habían preparado el banco de la matanza tras el descalabro en los anteriores comicios, pero resucitado por una barba, una moderación a tiempo y unas previsiones al alza para el próximo 10-N.

"Dimitiré si saco un diputado menos que en las últimas elecciones y reto a Sánchez a hacer lo mismo", dijo el líder popular este jueves en un mitin. Es el típico doble o nada del jugador que ya no tiene nada que perder y, a la vez, la demostración de que en Génova se toman muy en serio a Pedro, a Sánchez, porque menospreciar al rival suele ser el camino más corto hacia la derrota.

En Ciudadanos, a su vez, están de bautizo. O casi. Mientras Inés Arrimadas anunciaba su estado de buena esperanza con todas las reservas posibles, en la sede de su partido desplegaban una pancarta de ocho metros para felicitarla con dos emoticonos. Da miedo pensar en la que pueden liar los de la formación naranja cuando decidan sorprenderla con un baby shower o fiesta de premamá. Ellos son los que más atragantados llevan a Sánchez desde que abandonó su faceta de Pedro. Tanto lo negaron, que la sola idea de verlo pescar en su caladero los pone frenéticos, capaces de quemar el barco, las redes y hasta puerto más cercano. De que resistan dependerá mucho que el PSOE se aproxime al deseado 30% o se tenga que conformar con un 26%.

En Galicia, mientras tanto, Ana Pontón se ha subido en un camión para recordarnos a los gallegos la sangría que suponen en nuestros bolsillos las autopistas. En ese gesto, en esa decisión, hay algo de aquel Pedro primigenio, de aquel canallita del Peugeot que se acercaba a los votantes por carretera y utilizaba mal el imperativo en las redes sociales. Y no deja de resultar curioso comprobar como todos, de un modo u otro, tratan de imitar a Pedro con la sana intención de convertirse en un nuevo Sánchez.

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