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La campaña existe

ESTÁ SIENDO una campaña tan atípica que a pie de calle es casi imposible detectarla, un poco como a Messi cuando se pone a flotar entre líneas: la ciudad no está empapelada con carteles, los niños no juegan con globos serigrafiados, los paraguas son de marca y hasta los bares, que en algún tiempo se convertían en una especie de Speaker’s Corner durante al menos un par de semanas, se parecen ahora más a la Abadía de Westminster de pura solemnidad y santo aburrimiento. "Lo bueno de las campañas electorales de antes es que, por lo menos, hacías acopio de bolígrafos y mecheros para cuatro años pero ahora ya ni eso", me dice mi estanquero de confianza. Y ahora que lo pienso, algún encendedor con las siglas de los principales partidos sí me ha vendido en el pasado, el muy avaro.

Ayer, por casualidad, me encontré con dos voluntarias de Unidas Podemos repartiendo folletos por la calle y me llamó la atención el poco empeño que estaban poniendo en la tarea. Conste que no las estoy juzgando, simplemente me limito a constatar. Allí estaban las dos, asaltando una plaza a falta del cielo prometido pero sin molestar a los peatones, limitándose a ofrecer su producto desde la distancia, como Amazon pero sin beneficios. Pasé cerca de ellas un par de veces, arriba y abajo, abajo y arriba, pero ninguna alargó el brazo lo suficiente como para sentirme interpelado, así que me quedé sin saber qué estaban repartiendo exactamente.

Más tarde, mientras cruzaba camino de la redacción, recibí una llamada del equipo de prensa del BNG. Se trataba de confirmar horarios y emplazamientos para un pequeño reportaje pendiente cuando, de repente, empezó a atronar el ‘Y viva España’ de Manolo Escobar. Casi se me cae el teléfono de la impresión. "A ver si va a pensar esta mujer que la estoy vacilando", pensaba yo mientras buscaba refugio en uno de los accesos peatonales al aparcamiento. Desde allí, agazapado como un francotirador sin balas, pude ver de dónde provenía la tonada: un coche con cuatro banderitas de VOX y dos altavoces sobre el techo bordeaba la plaza a paso de tortuga. Al partido de Abascal nadie le podrá reprochar jamás la falta de coherencia: farfullan contra la dictadura progre y predican con el ejemplo. Cualquier día de estos los veremos leer sus listados de inmigrantes señalados al ritmo de ‘El negro no puede’.

Ya de camino a casa, me encontré con otra pequeña muestra de que la campaña electoral existe, de que no son los padres aunque pueda parecerlo. Junto a una rotonda, divisé dos carteles del Partido Popular colgados de sendas farolas. Pertenecen a la anterior cruzada, esa en la que Pablo Casado todavía parecía un cadete de la Escuela Naval, perfectamente afeitado y con mirada de "cóbrame lo de esas dos chavalitas" en la terraza del Savoy. Es curioso lo mal que ha envejecido la cartelería del Partido Popular en aquellos comicios, comenzando por la imagen demodé de su líder y el lema seleccionado: "Valor seguro". Hasta Don Manuel Fraga, de haber levantado la cabeza, habría aconsejado a los suyos que no tiene ningún sentido aparentar ser mayor.

Allí mismo, al tomar la segunda salida y enfilar el camino de regreso a casa, perdí el rastro de una campaña que, como digo, está pasando sin pena ni gloria por nuestras vidas, sin apenas dejar su firma en el imaginario colectivo de las ciudades. Menos mal que, cuando menos, asistimos a un debate televisivo que ya se puede considerar histórico. Rivera sacó una piedra, Casado un papel. Y por un segundo fantaseamos con que Pedro Sánchez sacase una tijeras para cerrar el círculo, pero en su equipo ya no están para más inventos. Se empeñaron en una repetición electoral que debía ampliar su mayoría y alguno ya empieza a temerse lo peor: que nos convirtamos en el segundo país del mundo con más campañas electorales desaparecidas, solo por detrás de Camboya.

La campaña existe
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