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Infierno gallegocubano

NUEVE DÍAS de luto para el emblemático representante del comunismo mundial mantienen terrenal al comandante antes de irse al infierno con Fraga.

En julio de 1992, año siguiente a la primera visita del presidente gallego a Cuba, aquella que había movido internacionalmente tantas páginas; el mandatario Castro llega a Santiago de Compostela aprovechando su asistencia a la Cumbre Iberoamericana. El uniforme de campaña color verde oliva lucía en la recepción oficial del convento santiagués de San Francisco como naturaleza en extinción. Uñas tirando a largas, calzas interiores en los zapatos y el constante intento de mantener la espalda con pecho orgulloso por aquello del ideario revolucionario, aun mirando hacia abajo al líder de la derecha española.

A pesar de sus diferencias, los dos gallegos supieron hallar puntos de encuentro, lejos de las consideraciones sobre la democracia, Estados Unidos y el pensamiento único. Ambos eran conocedores de que desde su dramática separación España y Cuba habían seguido trayectorias históricas en paralelo, con no pocos traumas y sufrimientos entre ellos; la crueldad de la lucha entre hermanos, con los odios y resentimientos que parecen imposibles de superar. Uno y otro han destacado "lazos de sangre" reiteradamente y también dejado bien sentado el compromiso que los españoles tenemos con el futuro de los cubanos.

Aquella tarde del caluroso mes de julio el jefe del Ejecutivo gallego aseguraba que Cuba debe ser asumida en Galicia como relaciones de familia, y de la familia decía: "Comprende a sus miembros —en este punto suprimiría la parte que llevaba escrita en su discurso "y perdona sus errores"—; al tiempo que reconoce a los propios y, si hace falta, reconoce a los de los otros".

Centenares de presos y reunificaciones familiares se llevaron a cabo y la presencia del Papa Juan Pablo II ayudó mucho en la apertura religiosa; pero socialmente el gallego lucense de Láncara siguió sus impulsos. Hay quien incluso me ha asegurado que la casa de los padres de Fraga en Manatí no fue entregada a los inquillinos que la disfrutaban en alquiler, a pesar de habérselo pedido personalmente el lucense de Vilalba. Practicaban la cortesía, eran políticos y diplomáticos; pero sobre todo entre ellos asumían el código de gallegos, siempre dejando venir al otro. Jugando al dominó el que perdía decía que le había dejado ganar por elegancia; en la oratoria utilizaban el sentimiento para llegar a las masas y la euforía era el imán para levantar entusiasmos. Hoy estos dos huéspedes ilustres, son colocados cada uno en su sitio verdadero, más allá de los estereotipos, y como la política también debe ser humanismo pensamos que la pasión por la razón práctica se justifica creyendo haber cumplido mejor con el deber que los improvisadores.

Y en esto llegó Fidel y el son cubano sustituye a la gaita gallega con bongós, marimbulas y maracas. Como este es baile de pareja, me intriga en qué tipo de salón será el encuentro tras aquella despedida de Manuel Fraga con humor gallego: "¡Adiós, comandante, nos vemos en el infierno!".

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