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Cuentos chinos

En El libro de las maravillas sobre Marco Polo escrito por Rustichello de Pisa narra las historias del mercader en China en el siglo XIII. Fueron veinte años de aventuras y viajes que resultaron fantásticos y poco creíbles para la época porque se trataba de animales de especies raras, lenguas desconocidas y flores y palacios exóticos. Las aventuras fascinantes y evocadoras sobre el mundo oriental se mostraban inconcebibles para el momento. Eran cuentos chinos para la época. Este país, que tiene una de las culturas más antiguas del mundo con más de cinco mil años de historia nos llega con hombres y mujeres de ojos rasgados pegados a una cámara, detrás del mostrador de un colmado de tiendas de todo a cien, o a más de cien, y los definimos como gentes que no se mezclan. En realidad pasan como fugaces sonrisas por nuestra vida.

El dilema de ser chino y nacer en España hace años que es una realidad. Como no los entendemos no hablamos más de tres palabras, pero ya existe el chinito que su idioma es el gallego y que se ha convertido en parte del decorado galaico del siglo XXI.

El coronavirus nos ha hecho volver a resaltarlos como trabajadores eficaces y rápidos que no utilizan los momentos de más público y de mayor concentración informativa para hacer huelga. Su constitución recoge que hablamos de ‘Estado socialista dirigido por la clase obrera’. No sólo no se fomentan las huelgas, sino que no se informa de ellas. Son el mayor exportador del mundo y mientras la clase obrera industrial se reduce en América del Norte y Europa, en China aumenta. El Año de la Rata nos ha traído el coronavirus como mensaje de que no los conocemos. No prestamos mucho interés por acercarnos a esta superpoblación que cada vez está más con nosotros y en nuestras vidas. Las caretas les tapan la boca pero hablan sus ojos ante la emergencia internacional por la OMS. Las mascarillas son normales en China y en Madrid también se las ponen cuando salen a la calle, así lo explican los vecinos en las zonas que conviven; aunque ahora sean más visibles que antes. Ellos toman sus propias medidas y la comunidad china en la capital de España se une a las directrices gubernamentales y los que llegan de viaje se encierran en casa. Una cuarentena voluntaria y los vecinos les acercan comida durante un mínimo de catorce días.

Mobile Word Congress de Barcelona nos trae al púlpito el temor frente a la información. Las bajas de las principales firmas hacen tambalear esta celebración a la que están convocados ciento diez mil congresistas. Muchas empresas anuncian no estar para aprovechar el momento publicitario y otras porque elevan la precaución a la categoría de miedo. Son muchos millones de euros —se habla de cerca de quinientos— los estima el Ayuntamiento de Barcelona y que están en el aire. Cuando la economía habla no hay momentos que valgan pero siempre existe sitio para un cuento chino donde se relata la construcción de hospitales en diez días, asiáticos que hablan gallego y cine coreano que triunfa en los Oscar de Hollywood frente a glorias como Scorsese.

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