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El suicidio, la otra epidemia que nos sacude en la sombra

Con ser tan importante en la actualidad la del coronavirus, quisiera ahora centrar el foco en otra epidemia que nos sacude desde hace años provocando numerosas víctimas, pero de la que apenas se habla: el suicidio, principal causa de muerte no natural en España, siendo Galicia, junto con Asturias, la comunidad con un mayor índice de casos. 

En primer lugar, es obvio que este fenómeno se relaciona con una auténtica enfermedad, la depresión, que va en aumento en todo el mundo. Pero privarse de la vida a consecuencia de ella ocurre a escala sociológica en un contexto, como indicó Durkheim, en el que se da un estado de anomia o carencia de valores y normas interiorizadas que lo impidan.

La vida humana es una experiencia singular, diríase que un bien escaso. Por eso pienso que —más allá de la actual polémica en torno a la eutanasia— es urgente activar plenamente un plan estatal de prevención del suicidio

Albert Camus llegó a escribir en ‘El mito de Sísifo’ que el único problema filosófico realmente serio es precisamente el suicidio, ya que desafia a la razón a proporcionar motivos válidos para contrarrestarlo. El autor francés venía a argumentar que quitarse voluntariamente la vida constituye una rendición ante el sentimiento de lo absurdo de nuestra condición finita e implica ponerse del lado de la misma muerte que nos abate. Por el contrario, lo que hay que hacer —y es motivador— es persistir en la lucha contra la muerte y el mal, como los médicos de su propia novela ‘La peste’.

Para Nietzsche, por otra parte, la vida es autoafirmativa, se impone por sí misma y crece allí donde no hay actitudes reactivas en contra suya —leáse nihilismo, es decir, ese mismo sentimiento de absurdo o sinsentido al que se refería Camus—. Vivir es un valor absoluto, fuente de todos los otros, por lo que no requiere de más justificación. Es como un imperativo que se lleva en la sangre, del que emana la consigna de desear que la existencia se prolongue y se repita una vez más. 
Sigmund Freud, sin embargo, llegó a la conclusión de que en la psique humana hay dos fuerzas o tendencias contrarias, a las que denominó ‘eros’ y ‘tánatos’, sirviéndose de los términos griegos para ‘‘amor’ y ‘muerte’ respectivamente.Pero la conservación y perpetuación de la vida dependen del predominio de la primera sobre la segunda, lo que incluye la sublimación de esta —a través del arte, por ejemplo— de forma que no conduzca a la autodestrucción. 
 Personalmente, creo que la vida humana, mixtura de emoción, razón, lenguaje, autoconciencia y libertad, es una experiencia singular —diríase que un lujo o bien escaso— en el conjunto de un universo tan vasto como inconsciente e inerte; que además cada persona es un ser único e irrepetible y que por todo ello vivir merece, y nunca mejor dicho, la pena. 
De ahí que piense —más allá de la actual polémica en torno a la eutanasia— que es urgente activar plenamente un plan estatal de prevención del suicidio que, además de combatir terapeúticamente la depresión, incluya estrategias de revalorización de la vida dirigidas especialmente a quienes sean más susceptibles de verse afectados por la anomia y el nihilismo presentes en la sociedad contemporánea.

El suicidio, la otra epidemia que nos sacude en la sombra
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