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¿Novaceno?

JAMES LOVELOCK, creador de la ‘teoría Gaia’(según la cual la Tierra es un sistema dinámico y cuasiorgánico que se autorregula a sí mismo), ha publicado, a los 100 años de edad, un libro —escrito en colaboración con Bryan Appleyard— que acaba de ser editado este mismo mes de septiembre  en español en cuidada traducción del profesor Pablo Hermida. El título completo del libro es ‘Novaceno. La próxima era de la hiperinteligencia’ y en él Lovelock propone dos tesis bastante arriesgadas pero que suscitan la reflexión y el debate filosóficos: la primera, tomada de Barrow y Typler, es el ‘principio cosmológico antrópico’, según el cual  la información es la esencia de un universo que ha  dado origen a una ‘especie elegida’, la nuestra, a través de la cual el cosmos llega a conocerse a sí mismo de modo consciente; la segunda, en línea con la corriente transhumanista de moda que predice y propugna la superación de la humanidad por medio de la tecnología, pronostica que pronto seremos reemplazados en nuestra función cognoscitiva por sistemas artificiales de inteligencia muy superior a la nuestra y mucho más veloz, a los que denomina genéricamente ‘cíborgs’. La palabra ‘cíborg’ normalmente se refiere a un híbrido de organismo vivo y cibernética, pero Lovelock la emplea más bien en el sentido de que las nuevas máquinas hiperinteligentes cobrarán vida propia, además de una presunta consciencia de sí mismas. Como ellas serán entonces las que rijan los destinos del planeta y no ya nosotros, el autor llama al nuevo período ‘Novaceno’, que implicará la superación del actual ‘Antropoceno’ o era geológica dominada y condicionada por el ser humano y su actividad técnica.

Lovelock se muestra en su obra optimista acerca del futuro de la Tierra en manos de los nuevos entes superinteligentes, ya que según él comprenderán mejor que nosotros, y lo aplicarán en la práctica, que para que el planeta pueda seguir siendo sostenible y habitable es preciso cuidarlo y favorecer la conservación de todas las formas de vida, incluída la humana, en él. Sin embargo, esta nueva era se producirá a costa de que nuestra especie se vea reducida a una suerte de auxiliar al servicio de los nuevos amos del mundo que la desbancarán, de tal modo que para ellos no seremos mucho más que lo que para nosotros son actualmente nuestras  mascotas y animales domésticos.

Hay que reconocerle a Lovelock el mérito de transitar, a tan avanzada edad, de la ciencia a la ciencia-ficción y a la futurología, pero sobre todo de estimularnos con sus propuestas más filosóficas que científicas a pensar por nosotros mismos y, de este modo, ayudarnos a  prevenir y a contrarrestar la que en efecto puede considerarse como una tendencia a la sumisión de nuestras mentes a la tecnología, pero no tanto debida a que nuestras máquinas sean más inteligentes que nosotros (puede que lo sean en ciertos ámbitos de carácter matemático o mecánico pero no en cuanto a inteligencia emocional, social o estética) sino a nuestro culpable abandono en sus cómodos brazos para, precisamente, evitar tener que pensar. Por otra parte, no deberíamos esperar a que nuestras creaciones artificiales, por más perfeccionadas que estén, hagan por nosotros lo que a  nosotros nos corresponde hacer, aunque sea con su ayuda: acometer la preservación de la vida en la Tierra poniendo freno a nuestra excesiva depredación de sus recursos y a la ingente contaminación con que la asolamos. La humanidad no puede delegar esta responsabilidad en ninguna máquina, ni aguardar a que la solución le venga dada de fuera: es hora de actuar, y de demostrar que somos, efectivamente, humanos.

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