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Necesitamos que el que viene sea "un verano sin verano"

ACABO DE OÍR en las noticias que el resultado provisional de los tests de diagnóstico de coronavirus llevados a cabo hasta el momento en el Estado español indican que de media apenas un cinco por ciento aproximado de la población ha dado positivo en los mismos, bajando hasta tan solo el uno por ciento en el caso de Galicia, que es uno de los territorios donde de un modo más riguroso y completo se ha llevado a cabo el muestreo.

Según los expertos, para que un país se pueda considerar suficientemente inmunizado frente a la pandemia sería preciso que la tasa de positivos dentro de su población rondase el cincuenta por ciento, así que el contraste entre esta cifra ideal y las reales que mencióné más arriba debe hacernos reaccionar lo antes posible: el peligro pervive entre nosotros y en cualquier momento puede producirse un rebrote de la epidemia más agudo aún que el anterior.

Por si alguien no lo sabe, el hecho de dar positivo en el test de coronavirus significa que el Covid-19 ha pasado por nuestro cuerpo sin mayores consecuencias gracias a que nuestro organismo ha sido capaz de desarrollar las defensas inmunológicas necesarias para combatirlo y vencerlo. Algo así como hallarse vacunado de forma natural. Por el contrario, el saldo negativo en el test implica que no hemos tenido ningún contacto con este virus y que por tanto estamos vírgenes o abiertos frente a él, sin ninguna defensa.

Especialmente en el caso gallego, donde a excepción de las grandes ciudades la epidemia casi no ha tenido incidencia, es importante activar todas las medidas necesarias para la conservación de la salud pública ante la amenaza de la posible introducción masiva del Covid-19 este verano a causa de los desplazamientos de carácter vacacional. Dicho en plata: si no queremos un contagio galopante y un rebrote más duro de la epidemia al final de la temporada estival, tenemos que extremar las precauciones individuales (mascarillas, distancia social, lavados con jabones y geles, etc.) y colectivas (limitación de movimientos entre comunidades autónomas, restricciones de aforo en bares,restaurantes, hoteles y playas, supresión de fiestas y espectáculos multitudinarios); y por encima de todo y para todos, sentidiño, esa palabra tan nuestra que apela a la prudencia, sensatez y mesura de cada uno.

Hagámonos a la idea de que el que se avecina va a ser, tiene que ser, de algún modo, un auténtico "verano sin verano" (como se denominó a aquel otro de 1816 a causa entonces de la explosión de un volcán cuyas cenizas cubrieron los cielos de Europa), en este caso motivado por un virus que se expande por las aglomeraciones, la cercanía entre personas y la falta de higiene.

Habrá, sí, verano climático, pero no debe haber verano excesivamente playero, festivo y juerguista como suele ser en España y en Galicia. Por una vez tendremos que practicar la moderación, pues siempre será mejor que tener que encajar un nuevo y peor repunte de la enfermedad con sus inevitables secuelas de confinamiento y ruina económica.

Necesitamos que el que viene sea "un verano sin verano"
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