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Inesperado regreso de la filosofía

Después de haber sido relegada de los planes de estudio y también tras décadas de academicismo que la alejaba de los intereses populares, la filosofía vuelve a escena al calor de la pandemia. Percibo una mayor presencia suya en los medios digitales y escritos en estas fechas y siempre en relación con la crisis humana y sanitaria que estamos padeciendo; se apela a su función orientadora y también a la vertiente balsámica que hizo patente el filósofo romano Boecio, condenado a prisión por el rey godo Teodorico, con su obra ‘Sobre la consolación por la filosofía’, en la que representa a esta personificada en una figura femenina que le visita en su encierro para aconsejarle y animarle con argumentos metafísicos. 

Por lo que capto, en este momento los razonamientos consoladores u orientadores que más utilizan los filósofos consultados por dichos medios o que en ellos escriben conciernen sobre todo a dos áreas de este antiguo amor a la sabiduría: la antropología o reflexión sobre la naturaleza humana, y la ética, estudio de las normas y valores morales a seguir. En cuanto a la primera, diría que se advierte un retorno al existencialismo, que hizo furor tras la segunda guerra mundial resaltando el carácter contingente e indeterminado del ser humano, que es motivo de angustia pero también de grandeza en el uso de una libertad ilimitada, heroica, frente a un mundo opaco y hostil. Camus destacó el absurdo al que hemos de confrontarnos, Sartre la nada que nos constituye y Heidegger la autenticidad de cobrar conciencia de ‘ser-para-la-muerte’ que nos caracteriza. Después de muchos años de monótono bienestar permaneciendo aislada en su torre de marfil, la filosofía vuelve así a pie de calle enlazando con las preocupaciones más comunes en un nuevo período crítico para la humanidad.

La filosofía, expulsada por una puerta, ha vuelto a entrar por otra insospechada: la que ha abierto un descontrolado virus de origen asiático

En cuanto a la ética, percibo una reviviscencia en particular de la moral estoica, encarnada en figuras como Séneca, Epicteto o el emperador Marco Aurelio. Este último precisamente subrayaba que peor que la peste son los vicios del alma humana, y que ante cualquier situación por adversa que fuere hay que conservar siempre la serenidad del alma y las virtudes (fortaleza, prudencia, rectitud) que la ennoblecen. Además, los estoicos enseñaban a aceptar los hechos que son inevitables, pues no dependen de nosotros, diferenciándolos de aquellos otros que está a nuestro alcance cambiar. Pensaban que en la naturaleza hay un logos o razón universal que debemos esforzarnos por conocer y seguir; y que armonizarnos con ella en nuestra propia mente nos proporciona paz y felicidad interiores por muy duras que sean las circunstancias que nos envuelvan. 

Así que la filosofía, sobre todo la existencial que habla al corazón, que fue expulsada por una puerta, ha vuelto a entrar por otra insospechada: la que ha abierto sin proponérselo un descontrolado virus de origen asiático.

Inesperado regreso de la filosofía
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