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Cumbre mundial del clima

Este domingo 31 de octubre da comienzo en Glasgow la Cumbre Mundial del Clima (COP 26) que durará hasta el 12 de noviembre. Esta cumbre es la primera que se realiza después del dramático informe presentado en agosto a la comunidad internacional por el IPCC (panel de expertos sobre el cambio climático), según el cual se considera demostrado que la actividad humana es la principal causante del actual calentamiento global, y se previene de la necesidad de reducir drásticamente las emisiones contaminantes antes de que el deterioro sea irreversible. En concreto, el informe preconiza una reducción que permita mantener, en la segunda mitad del presente siglo, la temperatura media del planeta a una cota de entre 1,5 y 2 grados sobre el nivel previo, y avisa de que la inacción en este sentido llevaría a una elevación de 4,4 grados centígrados en la temperatura media a finales de la centuria, con catastróficas consecuencias para el medio ambiente, las especies vivientes y el propio ser humano. El precio de no moderar el calentamiento supondría el aumento de los fenómenos meteorológicos extremos (sequías, inundaciones, tormentas, etc.), la desertificación de amplios territorios y una significativa subida del nivel del mar que afectaría a islas y ciudades costeras. De ahí que el secretario general de la Onu haya dicho que el informe del IPCC es un "código rojo" de alerta para la humanidad entera.

La subida de 1,1 grados en la temperatura media del planeta registrada hasta ahora correlaciona con el crecimiento de la proporción de gases de efecto invernadero en la atmósfera terrestre producidos en el período que va desde el principio de la revolución industrial hasta nuestros días ( más de un cien por cien de CO2 y más de un 200 % de metano), lo cual apenas deja dudas sobre el carácter antropogénico(de origen humano) del actual calentamiento planetario. De acuerdo con el informe del IPCC, no es posible ya evitar que la inercia de la acción contaminante siga su curso hasta producir como mínimo una elevación térmica global de 1,5 grados en 2050. Pero aún podemos intentar impedir un aumento superior a 2 grados si se toman las medidas necesarias para rebajar los actuales niveles de contaminación atmosférica, lo que implica entre otras medidas sustituir los combustibles fósiles (carbón, petróleo y sus derivados) por energías más limpias, tanto en el sector industrial como en el privado o doméstico. Así, los motores de gasolina y diésel habrán de ser reemplazados por los eléctricos o los de hidrógeno, y el carbón tendrá que dejar de ser utilizado en centrales térmicas u otras factorías. La transición ecológica consiguiente entrañará, pues, cambios en nuestros hábitos y estilo de vida: menos consumismo y despilfarro, pero también ralentización del crecimiento y desaceleración del ritmo productivo y del ‘modus vivendi’ en general. Tendremos que recuperar el gusto por las cosas sencillas y próximas y por una vivencia del tiempo más lenta (también más tranquila) que la actual. 

En todo caso no será fácil conseguir en la presente cumbre un acuerdo para programar estos cambios en un plazo corto, y mucho menos teniendo en cuenta el carácter decisivo en ella del posicionamiento de grandes potencias actualmente enfrentadas por la búsqueda de la hegemonía mundial . Sin embargo, existe un precedente histórico que alienta la esperanza: el acuerdo de Montreal de 1987, por el que la comunidad internacional, pese a todas sus diferencias políticas y económicas, se determinó a prohibir los CFC para detener la destrucción del agujero en la capa de ozono, logrando resultados positivos al cabo de una década. Es verdad que el alcance del consenso que ahora se precisa para poner fin a los combustibles fósiles es aún de mayor calado, pero el desafío ecológico al que nos enfrentamos es demasiado importante para dejar pasar la ocasión. Confiemos en que la razón se imponga sobre los intereses particulares y el COP 26 siente las bases para la disminución del calentamiento global.

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