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Conviviendo con el virus

Llevamos más de un mes con un procedimiento un tanto ambiguo, y aunque el número de contagios haya bajado algo, el de muertes va en aumento

LA cifra de fallecimientos por el covid-19 alcanza ya cotas comparables a las de la primera ola, allá por marzo y abril. Sin embargo, a diferencia de entonces, no nos hallamos en situación de confinamiento domiciliario, y continuamos con nuestras actividades profesionales o escolares, aunque, eso sí, con toque de queda, hostelería cerrada y restricciones de movilidad geográfica, dentro de un segundo estado de alarma de seis meses de duración que ya no puede designarse como «nueva normalidad ». Antes bien, la actual coyuntura es de una singular rareza : nos hallamos en plena pandemia, pero continuamos haciendo nuestra vida diaria, intentando salvar los muebles de la economía nacional y de la educación; metafóricamente se podría decir que ‘surfeamos’ esta segunda ola epidémica, con más o menos fortuna según los casos.

Convivimos pues con el virus en lugar de refugiarnos en nuestras casas para huir de él y reducir su expansión como hicimos en primavera. Es obvio que para poder afrontar esta convivencia con tan invisible e imprevisible enemigo precisamos de no poco valor y el máximo cuidado. Francia e Inglaterra han optado por el confinamiento general durante un mes; en España, el dilema entre salud y economía se ha resuelto hasta ahora con una posición intermedia que permite el trabajo, la escolarización, el paseo y ciertos desplazamientos, pero que conlleva la asunción de un riesgo que debemos tratar de reducir con medidas de autoprotección y responsabilidad personal. Podríamos decir que hemos optado, como país, por ‘vivir peligrosamente’ (dentro de un orden) a cambio de mantener la actividad y disfrutar de una amplia capacidad de movimiento; solución de compromiso a su vez de otro dilema clásico, el que se da entre libertad y seguridad: o somos libres y nos arriesgamos, o nos protegemos con normas estrictas que nos condicionan y sujetan. En nuestro caso, hemos tirado por la vía de en medio: asumimos ciertas limitaciones, pero con un amplio margen de acción.

Llevamos más de un mes con este procedimiento un tanto ambiguo, y aunque el número de contagios haya bajado algo, el de muertes va en aumento. Además, ya se anuncia una cierta flexibilización de las restricciones de cara a las navidades; falta por saber si después de las fiestas —y en buena medida, en función de lo que hagamos en ellas— será posible todavía, pese a la tan anhelada vacuna, mantener la actual forma de convivir con el virus o habrá que volver a amurallarse en nuestras casas para luchar contra él.

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