Opinión

Vivo acompañada

Acabo de cumplir ochenta y cinco. Por la noche pienso en mi vida y en mi muerte, sin duda cercana. ¿Cuantos años más viviré?

Mi marido murió hace cinco largos años. Mis hijos viven sus ajetreadas e intensas vidas como corresponde.

Estos últimos años he hecho muchas de las cosas que tenía pendientes. El deterioro físico avanza lentamente, y mis hijos me obligan a tener en casa a alguien que me acompañe, por si acaso. Pese a mi negativa ya han pasado por mi casa seis cuidadoras que me han demostrado una vez más la dificultad de la convivencia.

Ahora solo espero que el tiempo pase. Espero paciente mi hora. 

Hoy en la reunión quincenal con mis amigas ochentonas supervivientes, una de ellas ha conseguido levantar los ánimos de todas las asistentes. 
Del sopor y tolerancia mutua hemos pasado al interés exacerbado. Nos hemos reído a carcajadas. Hacía tiempo que no lo pasábamos tan bien. —

Hay cuidadores que no discuten…  —¿Dónde?  —¿Cuánto cobran?  —¿A quién hay que llamar?

Regresábamos renovadas, excitadas y emocionadas de la reunión. Yo, particularmente, me puse manos a la obra al llegar a casa. Eran casi las cuatro de la mañana y seguía pegada al ordenador. Cuando lo apagué había resuelto la cuestión. 

En unos días daría la bienvenida a Severina, un robot humanoide con forma de mujer. 

El móvil seguía su rastro hasta la entrada en el que sería su hogar. Se iba aproximando. En breve yo abriría la puerta, y lo haría por última vez. A partir de su entrada viviría como la gran duquesa Anastasia de la que tanto hablaba mi madre.  —¿Qué pensaría mi madre de Severina?

Llamaron a la puerta y dos comerciales venían con una gran caja de cartón. Eran amabilísimos. Un hombre de mediana edad y una mujer joven, que había dejado de ser una niña hacía tiempo. 

Quién iba a decirme que sería mi mejor amiga. Y eso, que no derramará una lágrima por mí en el momento de mi muerte

Abrieron la caja y allí estaba. Nos presentamos. Se llama Severina. Bueno, en realidad el nombre con el que me la presentaron era una complicada combinación de números y letras, por lo que cambié su nombre. Les enseñé la casa, les expliqué cuantas labores debía realizar. El lugar en el que estaba la comida, los aparatos eléctricos, los productos de limpieza, las medicinas… no hubo una cosa que quedara sin registrar en mi robot. La jornada fue agotadora. Menos mal que en adelante viviría como una reina. 

Severina hizo sus primeros pinitos. Hizo una comida sencilla y me la sirvió en el cuarto de estar. 

Al ir al cuarto de baño a lavarme los dientes pretendió entrar y le invité educadamente a qué saliera. 

Incorporada al cuarto de estar, los comerciales que habían oído nuestra primera discusión insistieron en que Severina estaba educada para no dejarme sola en ningún caso o circunstancia. 

Eran las nueve y media de la noche cuando ella y yo nos quedamos solas. Me sentía extraña. Le hablaba y me contestaba. Era ella la que encendía la televisión en el canal que yo quería. Me traía una revista o un libro. Sus sensores, de inmediato, percibieron el momento en el que se apagó la calefacción y entonces me preguntó:  —¿Quieres una chaqueta, o te encuentras bien así? Le agradecí su ofrecimiento. Tras traerme mi ‘meritene’ de chocolate y una magdalena se llevó la bandeja en la que me había traído la cena. Cuando me levanté, de inmediato me preguntó:  —¿Quieres ir a descansar a la cama?  —Sí, le contesté. Me siguió hasta mi habitación, cogió mi camisón y lo puso sobre mi cama.  —¡Qué servicio!

Me abrió la cama y se quedó enchufada en un rincón de mi dormitorio que habían reservado para ella. 

Me familiaricé con ella rápidamente. Siempre pendiente de mí. Era amable y no discutía. Además, me servía y atendía primorosamente. Mis amigas quedaron impactadas cuando la conocieron. Todas querían un robot humanoide. 

Han pasado cinco años desde que Severina vino a vivir conmigo. Es una de mis grandes confidentes. Sabe tanto de mi vida que hasta me asusta.

El otro día vino a visitarme un joven notario amigo de mis hijos. He modificado el testamento. A la empresa que fabrica los humanoides les he dejado la mitad de mis bienes para que repartan estos humanoides que tanto acompañan y ayudan a personas desvalidas y mayores. 

Dejaré a Severina a una mujer muy especial. Tiene que ser mayor, vivir sola y necesitar su ayuda y compañía. Para mí ha supuesto una compañía extraordinaria. Inigualable. Quién iba a decirme que sería mi mejor amiga. Y eso, que no derramará una lágrima por mí en el momento de mi muerte.

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