Opinión

Un año de vida

1 año vivido intensamente

Que duro es oír un plazo de vida. Peor que una condena. Y, ¡solo un año!

Con lo deprisa que pasan los años. Las Navidades, la Semana Santa, algún puente y ya estamos en verano. La deseada, ansiada y esperada estación es un soplo. Una exhalación. Un vahído.
Con el fin del verano retorna algún puente y estamos de nuevo comiendo las uvas. Y hay que comerlas con alegría, aunque el alma esté sumida en la tristeza. Pase lo que pase dentro de nuestros corazones, el rostro debe ser acogedor, dulce y entrañable para los demás. No debemos transmitir nuestras penas. Son nuestras y dentro deben quedar.

Y para ti reservar siempre la mejor de mis sonrisas, contagiarte mis grandes alegrías, hacerte partícipe de mis últimos secretos, ofrecerte la mayor de mis ternuras y afectos, mis devociones, mi entrega y mi adhesión inquebrantable.

12 meses vividos como ninguno de los ya vividos

Y de pronto, el tiempo se detiene alrededor. El tiempo que urge y se acelera para múltiples quehaceres desaparece. El tiempo carece de importancia.

Los proyectos laborales, los trabajos perentorios y las labores urgentes dejan de serlo. Los plazos caen como en una huelga de brazos caídos. Cada cosa se pone en su lugar sin un pensamiento o meditación previa. Un puro automatismo coloca cada asunto en el sitio que le corresponde. Alejados de las prisas y de los agobios.

Todos los trabajos se han hecho invisibles a mis ojos.

Nuestras miradas ahora se dirigen a estar pendientes el uno del otro. Admirar juntos las buenas nuevas. Pendientes de mirar en la misma dirección. Embelesarnos con las cosas sencillas. Impresionarnos con las primicias que llegan hasta nosotros. Mirar y volver a mirar las fotos de otros tiempos, tiempos de felicidad y alegría.

52 semanas vividas juntos

Las semanas completas, de lunes a domingo. No hay fiestas ni días laborables. Todos los días son hábiles.

Nos emocionamos con los recuerdos vividos. Nos enternecemos uniendo nuestras manos. Nos anonadamos con el pasado y el futuro de nuestros hijos. Nos sobrecogemos con sus dificultades y problemas. Nos regocijamos con las cosas buenas y maravillosas que han salpicado nuestra existencia.

Repasamos el largo camino recorrido. Sentimos la nostalgia del cortejo. Revivimos el compañerismo, la lealtad y la amistad. Renovamos una vez más el amor, la adhesión, el cariño y el apego que nos han acompañado durante casi cuatro décadas.

365 días vividos con énfasis, con sus días y sus noches

Experimentar lentamente y con profundidad la luz y la oscuridad. Con el esmero y el mimo que cada noche y cada día merecen. Y otra vez el tiempo... los días vividos, los días que nos quedan.
La enfermedad, la convalecencia y el restablecimiento exigen más dedicación y entrega. Una consagración total.

Hacer realidad el nombramiento que unos años antes me concediste al considerarme «tu cuidadora». Cuidadora a tiempo total. Todas las horas del día y de la noche. Ser centinela, observadora y custodia cada hora.

Y la primera noche tras levantarme varias veces pensé en las ocasiones que hubiera iniciado un enfado sin motivo, una incomprensión, una desavenencia, un desacuerdo suelto, un desamor, una ingratitud. Una riña.

Era el momento de devolverte la devoción, abnegación y sacrificio siempre deseados. Siempre recibidos. Una donación total. Una entrega sin límite. Una atención y cuidados guiados por el entusiasmo y el fervor.

8.760 horas vividas en paz y tranquilidad

Tras la tempestad y el huracán que supuso la enfermedad, las pruebas apuntan a resultados cada vez más aterradores. La impresión recibida causó tensión, dolor y sufrimiento. El correr de las horas confirma los peores presagios.

El tiempo que nos queda vuelve a resonar en nuestras almas, en nuestros corazones y en nuestras vidas. Hay que detener ese revuelo existencial de zozobra y miedo. Invertirlo.

Y llega la paz, el sosiego, la dedicación y la abnegación. Ninguna buscada. Todas salen a nuestro encuentro. Fluyen de forma natural.

Revivimos sensibilidades y pasiones. Evocamos los mayores agrados, alabanzas y cordialidades. Reanimamos el compañerismo y la simpatía. Vivificamos la alegría, la fidelidad y las satisfacciones. Vuelven con fuerza las nunca olvidadas galanterías, bondades y querencias. Renovamos la adhesión y lealtad.

Siempre juntos. En muchísimas ocasiones con las manos entrelazadas. Pródigos en caricias. 

Bromeando, sonriendo y riendo hasta la carcajada. En ocasiones, desternillados hasta reventar.

525.600 minutos vividos aferrados el uno al otro

Ese número, pero en días, son los que un día soñé con vivir a tu lado. ¡Qué reducidos son los minutos en comparación con los días! A qué poco saben.

Una manecilla traicionera que gira a toda velocidad. Las agujas imponen un no parar. No oyen nuestros gritos para que se detengan. Desconocen nuestro sufrimiento y dolor. No observan ni perciben nuestro miedo.

Solo nos resta una misión por cumplir. Estar, saborear, gozar y disfrutar. Recrear cada minuto. ¡Cuánto disfrutamos y relamemos cada uno de ellos!

Empeñada en reír, distraerte y contarte historias. Obstinada en tu compañía. Enganchada a tu sonrisa y tu forma de mirarme. Agarrada al dolor de tus silencios. Asida a tus pensamientos. Sujeta a tu voz, a tus necesidades y deseos…

Recordando vivencias emocionantes, recuerdos inolvidables, momentos únicos.

La dificilísima experiencia me permite hacer realidad una de las máximas de mi vida: vivir a tu lado cada día, cada minuto y cada segundo como si fuera el primero, como si fuera el último, como si fuera el único.

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