Opinión

Tocar el cielo


Estoy en el paraíso. Ambiente placentero y apacible. Escenario encantador. Entorno delicioso. Una realidad inimaginable. 

Pero, es fácil de entender. Acabo de cumplir sesenta y cinco. Mi mujer los cumple en unos meses. Tenemos una jubilación garantizada. Gozamos de una salud extraordinaria. Tenemos dos hijos jóvenes. Los dos trabajan en ciudades cercanas. ¡Por fin, voy a ser abuelo! Es una niña. Se me cae la baba de pensarlo. ¡Qué emoción tan honda! La vida continúa y se renueva.

­Me pregunto muchas veces si se puede pedir más. Somos afortunados. Unos privilegiados.

Por eso, sin duda, me encuentro flotando. En una nube. Debe ser la sensación que se produce tras tantas y tan buenas noticias. 

Hemos planificado una vida tranquila, pero intensa. Pasear por el monte. Buscar senderos desconocidos. Nuevas e inexploradas rutas. Perdernos con nuestras mochilas al hombro. Ganar la cima. Recrearnos en un paisaje único. Tocar el cielo.

Bajar al nivel del mar. Pasear por la playa. Playas de arena blanca. Calas recónditas. Nadar. Sumergirnos en aguas agitadas. Reposar y flotar en aguas tranquilas. Perdernos en el horizonte.

Disfrutar de noches cálidas con amigos. Con familiares cercanos y alejados. Interlocuciones interminables alrededor de un café en tardes sin fin. Conversaciones íntimas hasta el amanecer. El tiempo es nuestro. Nos pertenece.

Y cómo no iba a estar en el cielo. Mecido por una suave brisa». 

Cuando despertó vio la cara llorosa de su mujer. Estaba demacrada. Delgada. Pálida y desfigurada. Descompuesta.

—Pero ¿qué te pasa? Cuéntame, ¿qué ha sucedido? ¿Dónde estamos?

Asombrada y desconcertada le contestó: —¿No te acuerdas? —¿De qué me tengo que acordar?, le contestó. Ella, entre aturdida y desencajada, tomó temblorosa la palabra. Sin elevar la voz y tratando de ser dueña de sus palabras dijo: —Fuiste a coger castañas por la tarde, y trepaste al árbol. Quizá subiste demasiado arriba. Te agarraste a una rama delgada... y se rompió. Caíste como fruta madura. 

Haciendo una pequeña pausa para tomar el aliento perdido, continuó: —Llevas tres meses en el hospital. 

—Sí, pero ¿por qué llevo tanto tiempo aquí? ¿Qué me ha pasado? Ahora que lo dices no noto mis piernas. ¿Qué ha sucedido?, preguntó visiblemente nervioso.

Con los ojos llorosos ella le explicó: —Al caer del castaño te dañaste la médula. Tienes una lesión incurable. Estás tetrapléjico. 

Las facciones de la cara se intercambiaban con el devenir de la historia.

La que tanto había sufrido ganaba confianza. Sabía que debía demostrar la fortaleza que se había ido gastando hasta casi agotarse durante noventa días. 

Él salió súbitamente del paraíso en el que estaba, y se adentraba contracorriente en la penosa y dolorosa realidad. 

—No te preocupes superaremos esto, como nos hemos sobrepuesto a otros retos. Estoy a tu lado. No debes temer nada. Afrontaremos juntos nuestro futuro. Nunca te dejaré. 

Se fundieron en un largo abrazo hasta que el cansancio pudo con sus extenuados cuerpos. 

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