Opinión

El regusto del poder

Desde hace años sé que actuaciones como la que me toca lidiar hoy llegan en la profesión. Estoy arriba. Mantenerme aquí tiene su precio. El asunto al que nos enfrentamos es conocido de antemano. Lo único que varía son los nombres y el número exacto de perjudicados. 

Aunque exista gente que viva segura y confiada hundiremos a la empresa en la que trabajan. Muchos no lo sabrán y otros ni lo sospecharán. El resultado será el mismo: 180.000 personas se irán a la calle, 180.000 familias quedarán desasistidas. No soy un santo. Para llegar donde estoy he tenido que realizar algunas actuaciones dudosas. Tengo una cartera con mucho peso a mis espaldas.

Si me hubieran planteado este dilema con veinte años hubiera dado un golpe sobre la mesa. Me habría negado. Me hubiera levantado sin volver la mirada atrás. 

Ahora en plena madurez no me resisto. He aceptado gradualmente actuaciones que consideré, en plena juventud, intolerables. 

He visto caer a muchos desde lo más alto. He presenciado ruinas económicas, morales, afectivas y también familiares… 

Una vez tomada la decisión de acabar con ellos, hemos acudido a la reunión con cara de perro. ¡Eran nuestros! Los hundiremos sin reparo. Un competidor menos. Ganaremos mercado, dinero y poder. 

El dinero es importante. Si tienes en tu garaje diez coches de alta gama, ya no quieres más. Das la vuelta al mundo, acumulas mansiones en los lugares más paradisíacos, pero careces del tiempo para su disfrute. Amontonas arte, joyas y un largo etcétera, que atenúan poco a poco la ambición de atesorar.

Pero, el poder… El poder se retroalimenta. Nunca es suficiente. Jamás alcanzas todo el que deseas, por mucho que hayas imaginado. Siempre se quiere más. Es una lucha sin cuartel. 

Atados todos los cabos, no esperábamos ninguna sorpresa. Entramos en la gran sala en la que nos veríamos las caras. 

Y de pronto, como salido de las paredes aconteció un suceso inesperado. Un golpe bajo. Un golpe bien dirigido. Magistral. 

Nuestro competidor se había movido con talento, ingenio y maestría. Ignorábamos que habían contratado para la batalla final a un profesional joven y muy ambicioso. 

Nunca importa de quién se trate, pero ¡era mi hijo! ¡mi único hijo!

Él conocía el asunto en el que se metía y había aceptado el reto. Yo, en cambio, estaba en shock. Nunca me había enfrentado a una situación tan estresante. 

—No debo permitir que el ataque de pánico que sufro mueva una sola de mis pestañas. Mis ojos deben permanecer impasibles como el resto de mi cuerpo. 

—No parpadees, me dije. Por primera vez en mi vida, no sabía qué decisión tomar. Además de reconocer la inteligencia de mis contrarios, experimenté una sensación desconocida hasta el momento: me sentía como un imbécil. ¡Era un idiota!

Ahora me inquieta salir de esta sala con pundonor. 

La lucha entre nosotros será encarnizada. Dejará inevitablemente una herida abierta de consecuencias irreparables. Afectivamente perderemos los dos. No son posibles los beneficios.

Se producirá una batalla frontal entre dos egos. Hay mucha ambición y poder en juego. Precisamente los valores que le he transmitido a mi hijo ahora se vuelven contra mí. Le miro y me veo reflejado en un espejo. Si mi mujer se entera de quién es mi rival impediría la batalla. Si yo ganara el enfrentamiento, me abandonaría. Nunca me perdonaría que hundiera a nuestro hijo. Jamás olvidaría que le ganase la partida y que le humillara ante testigos. Perderé las dos únicas relaciones afectivas que tengo. Y pensar que cuando entré en la sala no existía una sola grieta y todo estaba ganado. 

Me aprieta el cuello de la camisa. Me está ahogando. Tengo que beber. Nadie puede notar lo qué me pasa. Miro a mi hijo con disimulo. ¡Es grande! Permanece impávido. Frío, orgulloso y arrogante. Nos ha mirado altivamente. Tiene valor. Su madre estaría muy satisfecha si le viera. Se mantiene imperturbable. Osado y temerario. 

Y si me viera a mí me vería tenso, inquieto, angustiado y encogido. Un gran directivo amedrentado y acobardado ante su propio hijo. ¿Se avergonzaría de verme así? Creo que sufriría una gran decepción. 

Y ahora ¿qué me ocurre? Vuelvo a sentir un ahogo. Me falta la respiración y me aprieta el nudo de la corbata. 

—Tranquilo, ya pasa. Vaya calambre en el pecho. Ver a mi hijo atraviesa mi corazón. No, otra vez. Otro pinchazo, y encima ahora, rompo a sudar. Mantén la calma. Vamos. No pierdas la compostura. Otra vez. Qué dolor.

—Llamad a un médico. Rápido. Creo que es un ataque al corazón, dice mi mano derecha. 

Me están tumbando en el suelo. —Quita de ahí, pienso. —Quiero ver a mi hijo. ¿Dónde está? Por favor, dejadme ver. Necesito verle. Tengo que ver su reacción. 

Ahora me suben a una camilla. Me aplican un desfibrilador. Por fin, veo a mi hijo. Me dice algo del hospital. Quiero decirle que no me queda tiempo, pero no lo consigo. Las puertas de la ambulancia se cierran y siento cómo su imagen se desvanece. El silencio se apodera de mí. Poco a poco, siento que me voy. Y entonces recuerdo la lección que nunca llegué a darle…

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