Opinión

Pescó el covid

De niño mi padre siempre me decía: —Al mar hay que tenerle respeto, pero no miedo. 

Crecí en una familia de pescadores. Lo había sido mi abuelo. Lo fueron mi padre, mis tíos, y también mis hermanos. Bregando contra el mar habíamos sufrido pérdidas irreparables en todas las generaciones. 

—Los barcos ahora son más fuertes y duros. Mejor construidos, decían quienes rondaban por el puerto. —Los pescadores están, también, mejor preparados.

Me casé con un osado marinero. Adoraba el mar. Audaz y valiente. Muchas veces temerario. 

Fuimos a recibirle al puerto. Volvía del caladero de Guinea Bisáu en el que había pasado un mes y medio. 

Tan solo dos días después tuvo que embarcarse otra vez. De los veinticuatro marineros que formaban parte de la tripulación había fallado uno. Le pedí, le rogué que no lo hiciera: —Piensa en mí y en tus dos hijos. —No debes preocuparte mujer. Te compensaré mi ausencia con unas vacaciones con nuestros gemelos dónde tú quieras. —Además, ya sabes, que soy inmortal. He salido indemne de todos los accidentes sufridos. Y he sido el único superviviente del último naufragio, el único. ¡No lo olvides!

Amaneció un día oscuro. Partieron en un gran barco hacia el Gran Sol. El caladero les permitiría llenar la bodega de merlán y arenque: —Ya verás como merece la pena el esfuerzo, decía con ilusión en nuestra despedida. Íbamos a pasar otros dos meses alejados. —No dejaré de llamarte en cuanto tenga algún minuto libre. Y añadió: —Llegaré para el cumpleaños de nuestros hijos. 

Ya en Canadá me llamaba: —Te echo de menos en este frío camarote. —Más aún con este hombre roncando en la cama de al lado. —Añoro tu ternura y delicadeza. Pero cuando regrese a tu lado te querré con más fuerza. 

Y terminó diciéndome: —Ya sabes que soy inmortal. No hay mar que pueda conmigo. He recorrido los siete mares. Los peligros acechan, pero ya conoces a tu hombre. 

A las cuatro de la tarde del día siguiente recibí una llamada: —¿Cómo estás guapa? Empezamos en un rato. —¿Cómo está el mar?, le pregunté. —Como a mi me gusta: ruge y se prepara para dar guerra. —Pero, dime ¿cómo está? Insistí. —La mar está bravía, las olas llegan a los diez metros y los vientos a 44 nudos. Lo malo es que hace mucho frío. El mar no invita a darse un baño hoy. Lo postergaré para cuando regrese contigo y con los niños. —Nada nuevo para los que aquí estamos. No te preocupes. Los peces se refugiarán mejor dentro de nuestras redes. —Cuantos más entren, antes acabaremos. 

—Te voy a dejar. Luego te llamo preciosa. Suerte y paciencia con los dos toros que tienes en casa. 

Sin que ninguno de los dos lo sospecháramos esa había sido nuestra última conversación. Las heladas aguas del Atlántico norte se quedaron con mi hombre, con el padre de mis dos hijos. 

La noticia del naufragio enmudeció a la población. Marchitó la alegría de viejos y niños. La tristeza se apoderó de nuestros rincones y nuestras almas.  

Ramón se acercó a nuestra casa. Pescar el covid le había salvado la vida. Mi marido, su gran amigo, se ofreció a sustituirle. Era imprescindible que alguien cubriera su puesto. Me abrazó como un hermano.  Sentía que debía haber sido él quien hubiera tomado el billete para el más allá. 

Al volver a su casa, Ramón le dijo a su mujer que volvería a la mar en la próxima campaña.

En la soledad tiemblo al pensar que nuestros hijos se parezcan a su intrépido y valeroso padre. Sólo albergo un fervoroso y ardiente deseo que no me atrevo a expresar en alto. Confío y espero que nuestros hijos gemelos no se lancen a la mar como él lo hizo. 

Comentarios