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¡Menudo lote!

A Emisora 113.2 FM. El programa de radio Amanece que no es poco empezaba con las noticias a las 6:00 de la mañana. A las 11:00 se abrían los micrófonos para la hora de los oyentes.

La propuesta de esa mañana permitía a los oyentes ofrecer todo aquello que les sobrará en sus casas. La única condición era el traslado por cuenta de quien la quisiera. 

Las cosas más variopintas se ofrecieron a lo largo de la hora: unas cazuelas seminuevas de acero inoxidable; una estantería de pino de dos metros; una colección de soldados de plomo; cuarenta discos LP de vinilo de música variada; televisiones sin Smart tv, y así un sinfín de cosas. Todo era gratis, asumiendo las condiciones de recogida y transporte.

A falta de seis minutos para el cierre se dio entrada a la última oferta.

—Hola, buenos días. ¿Su nombre? —Me llamo… umm, perdone, prefiero decir un nombre supuesto, llámeme, Eloísa. Tengo ochenta y un años. —Muy bien señora, y ¿qué nos ofrece Vd.?

—Lo mío es un lote. Tiene dos partes y van indisolublemente unidas. —Nos tiene intrigados Eloísa, sáquenos de dudas. 

—Verá, ofrezco una pensión mensual de 2.200 €, con dos pagas extraordinarias: la de junio y la de Navidad. —¡Caramba, Eloísa! Hasta ahora nadie nos había hecho una oferta similar. —No, no… respondió, interrumpiendo al periodista, aún no he terminado. —Continúe, continúe por favor. —Pues verá queda la otra parte. Ya le advertí que era un paquete completo e indivisible. —Adelante. Tiene a la población española ansiosa para conocer el resto de la oferta…—Se trata de un hombre, mi marido. 

—¿Cómo? Pero, perdone, ¿ofrece a su marido con la pensión? ¿Habla en serio? Permítame que me tome un respiro. Al periodista se le escapa no una sonrisa sino varias carcajadas. —Para esta oferta tenía que haber entrado en antena con más tiempo por delante. —Continúe señora. Cuéntenos algo más de su marido. —Tiene ochenta y seis años. Está bien. Buen aspecto. Cuando le conocí medía 1.87. Ahora, seguro habrá decrecido algo. Era moreno y de ojos negros. En la actualidad, le queda poco pelo, en su mayoría canoso. Los ojos siguen siendo oscuros. Se le aclararon con las cataratas, pero lo ofrezco ya operado de los dos ojos. Fue un importante abogado, y se jubiló a los setenta.

—Y, cómo es el carácter de su marido. —Pues, mire, lo tuvo mejor. Ahora repite las cosas. Le duele alguna cosa a diario, y manda y gruñe más. —¿Quiere añadir algo? —Sí, solo quiere estar conmigo. Que me siente a su lado y le dé conversación. Que le dé mis manos para acariciarlas. Eloísa tomó aliento, y prosiguió: —Se cela cuando preparo la comida o arreglo un armario. Es un poco absorbente, pero es como un osito de peluche.

—Eloísa, ha sido un placer conocerla. Manténgase a la escucha en nuestra emisora. Muchas gracias, y hasta pronto. Llámenos otro día.

La centralita había recibido muchas llamadas durante la mañana, pero con ‘la pensión y el marido’ se colapsó. La línea cayó. Las llamadas se contaban por miles.

El éxito de la programación provocó que al día siguiente la emisora decidiera aprovechar el tirón y diera entrada a las demandantes de la súper oferta.

Ese día, Eloísa, es decir, Patricia, estuvo pegada a su programa favorito. Se quedó intrigada y satisfecha de oír a las muchas mujeres que pretendían a su marido y a su pensión.

Llamaron toda clase de mujeres, de edades, provincias, profesiones y de estados civiles diferentes: Alejandra, divorciada de 67 años; Luisa, coruñesa de 83; Elena, ama de casa de 75 y muchas más.

Faltaban quince minutos y entró en antena otra llamada. 

—Buenos días, ¿su nombre? —Me llamo Pilar, fui maestra y tengo 82. Patricia soltó la toalla que tenía entre sus manos. Al otro lado en antena continuaba hablando: —Soy soltera, educada y me gustaría conocerle. Patricia empezó a reír. Las carcajadas hicieron que su marido se levantase de su sillón. —¿Qué te ocurre? Cuéntame qué es tan gracioso cómo para llorar de risa… —Nada, no te preocupes. Ya está todo solucionado. Verás, para irme en paz tenía que dejarte colocado. Llamé a la radio y te ofrecí, con tu pensión incluida, a la mejor postora.

El éxito que tuviste fue tan abrumador que hasta cayó la línea telefónica. Has sido uno de los hombres más famosos y deseados de España, al menos por unas horas. Cientos de mujeres estaban interesadas por ti. Y ¡ya estás adjudicado! De entre todas tus pretendientas ha salido una redonda. Mi mejor amiga, mi amiga desde niña, está dispuesta a quedarse contigo. 

Ahora podré morir serena y plácidamente. Voy a cambiar mi testamento. Te dejaré como mi bien más preciado a mi amiga del alma.

¡Menudo lote!
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