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La adopción

Era una recién nacida. Me apartaron de mi madre. También de mi padre y de mis hermanos. 
Me acogieron y me dejaron en una institución cerrada. Allí viví tristemente los primeros meses de mi vida. 
Un día alguien se interesó por mí. Por fin me adoptarían. Me sentía inmensamente feliz. Alguien había firmado los papeles de la adopción. Ya era legal. 

Así fue al principio. Todo iba bien, pero, inexplicablemente se cansaron de mí. Demandaba atención y cuidados y ya tenían bastantes problemas. 
Volví de nuevo a otra institución cerrada. Por cuánto tiempo, me preguntaba. Sentía cada día el dolor y la ausencia de quienes me quisieran. Quienes disfrutaran conmigo. Me necesitaran, tanto como yo a ellos.

Y así, llegó de nuevo otro momento trascendental en mi vida. Les gustaba. Era guapa, dulce y obediente. Me iban a adoptar por segunda vez. Mi corazón se aceleraba. En mi interior daba saltos de alegría.
Las cosas fueron rodadas esta vez. Mi nueva familia me quería. Contaban conmigo para todo. Era feliz. No podía pedirle a la vida más de lo que ya tenía. 

Un despido inesperado volvió a poner mi vida contra las cuerdas. Difícilmente podían sobrevivir. Volví de nuevo a mi ya conocida y cerrada institución.

Todavía soy pequeña, pero eso no significa que no sufra. Ya me he sentido huérfana. Mi alma se ha partido en tres ocasiones. Soy de carne y hueso. 

No sé si quiero que me vuelvan a adoptar. Mis experiencias han sido traumáticas. No, definitivamente no quiero. Creo saber lo que es el pánico, pese a mi corta edad.

Y entonces me enteré. Había oído que me adoptarían otra vez. Había perdido toda esperanza de salir. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. ¿Sería una buena noticia?

Me enfrenté con miedo y temor a mi nueva situación. Había sufrido demasiado. No quería encariñarme con nadie. No tenía fuerzas para afrontar más dolor. 

Mi nueva familia era una mujer. Como yo. Ella era mayor. Contra todo pronóstico fui felicísima. Éramos inseparables. Me preguntaba todo. Me hablaba sin parar. Salíamos siempre juntas. Hasta dormíamos en la misma habitación. 

En algunos momentos sentí vértigo de lo feliz que era. 

Un día perdió el conocimiento. Se cayó al suelo. Yo estaba muy asustada. La ingresaron en el hospital y allí me quedé.

No la vi salir. Unas enfermeras me recogieron y me dieron de comer. Desde aquel día me convertí en su mascota. Ahora me dejan dormir al lado de la garita de seguridad que hay en el hospital. 

Añoro todos los días a mi última dueña. Cuando muera me gustaría reunirme con ella si fuera posible. No sé si en el cielo admiten a los perros.

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