Opinión

El olor de lo inesperado

AYER SE desató el caos en Ribadeo poco antes de las cinco y media. Fue un caos doméstico y abarcable, no como el de marzo de 2020 y aún menos como el que electrizaba cada noche de sábado en 1991.

La tromba de agua fue tan imponente como breve, pero enseguida desató los sonidos de lo imprevisto con mujeres corriendo parapetadas bajo una rebeca en busca de una cornisa, camareros alterados recogiendo una terraza, risas enloquecidas de adolescentes impermeables a la intemperie, niños chapoteando felices. En medio, el silencio de algunos ancianos resignados bajo un paraguas porque la edad aporta lentitud para tomar decisiones al volante  pero sabiduría para detectar cuándo te va a hacer falta un techo bajo el que cobijarte, aunque sea de poliéster con ballenas de un metal ligero.

Al final, un par de minutos y ya. Las mujeres abandonaron las cornisas, los camareros salieron a mirar al cielo sopesando si recolocar o no la terraza, los adolescentes siguieron a lo suyo y los mayores cerraron sus paraguas, así hasta que el aire quedó limpio y con un perfume que para sí lo quisieran en Christian Dior. Nadie huele como el aire tras una tromba de agua. No puede embotellarse ni enviarse por Twitter. Ni describirse ni recordarse. Solo respirarse.

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