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Los Casio en el confinamiento

CUANDO LAS buenas intenciones tienen fallos técnicos son igual de molestas que las malas que van como la seda. De entre los sonidos musicales que la gente comparte con el resto del mundo desde sus terrazas y balcones ayer dejaron conectado en algún lugar cerca de la delegación de esta casa en Ribadeo un Cumpleaños feliz en versión instrumental que parecía interpretada con uno de aquellos órganos Casio de los 80. Tengo un excelente recuerdo de mi Casio blanco en donde lo mismo sonaban una gaita escocesa que unos timbales o un piano de cola. Pero con el paso de los años envejeció fatal, un poco como su dueño. Pues ayer alguien dejó conectado ese Cumpleaños feliz en bucle y una iniciativa solidaria se convirtió en una tortura. Cuando por fin lo quitaron y parecía que todo iría mejor comenzaron a emitir sonidos más aleatorios y todos fuimos siendo más y más conscientes de nuestro confinamiento doméstico o, en mi caso, laboral. De otro modo, habríamos salido corriendo. Algo se debieron oler porque la música fue perdiendo volumen y finalmente era audible, pero si te concentrabas en otra cosa (como escribir este artículo, sin ir más lejos) podías llegar a tolerarla sin irte a hacer cola al frenopático. La Organización Mundial de la Salud tiene mucho trabajo estos días y no se ocupan de estas cosas. Pero también es porque viven confinados en espacios aislados acústicamente y ni siquiera les afecta aquello de otro gallo cantaría. Si hay algún gallo allí, se le bajarán los humos porque no despertará a nadie.

Los Casio en el confinamiento
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